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  • El CNE capacitó 254 consulados de Colombia en los cinco continentes sobre el uso de la Plataforma de Postulación y Acreditación de Actores Electorales.

    Con el propósito de fortalecer la legitimidad y la transparencia del proceso electoral para los colombianos residentes en el exterior, el Consejo Nacional Electoral capacitó a las delegaciones diplomáticas en el manejo de la Plataforma de Postulación y Acreditación de Actores Electorales. Un total de 254 consulados de Colombia en los cinco continentes participaron en esta jornada, organizada teniendo en cuenta las diferencias horarias de cada región. Shanghái, Nueva York, Manila, Quito, Zúrich, Milán y Génova fueron algunos de los consulados presentes en estas sesiones. Durante estos espacios pedagógicos, los funcionarios consulares recibieron orientación detallada sobre el uso de la herramienta tecnológica que permitirá verificar, de manera ágil y segura, la acreditación de los actores electorales que participarán en las jornadas democráticas fuera del país. En la capacitación se socializaron los dos módulos principales de la plataforma: el módulo de Fuerza Pública, destinado al registro y control del ingreso de los actores electorales a los puestos de votación, y el módulo de testigos electorales, que permitirá registrar observaciones y posibles anomalías durante la jornada electoral, así como realizar la captura fotográfica del formulario E-14 al cierre de la votación en mesa. Asimismo, se abordaron aspectos operativos y normativos de la herramienta. También se explicaron los procedimientos de validación de información en tiempo real y se presentó el modelo de credencial digital de acreditación de actores electorales, con el fin de garantizar su correcta implementación en cada consulado. Con estas acciones, el Consejo Nacional Electoral reafirma su compromiso con la modernización del sistema electoral colombiano, mediante la implementación de herramientas tecnológicas que promuevan procesos electorales legítimos, transparentes y accesibles para los connacionales en el exterior.

  • CRÓNICA | LA RADIO EN COLOMBIA (((AL AIRE)))

    Por Efraín Marino. Presidente de Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol Foto: Archivo Señal Memoria La historia de la radio en Colombia no comenzó con un aparato, sino con una necesidad: la de escucharnos en medio de la distancia. En un país fragmentado por cordilleras y selvas, donde las noticias tardaban días en llegar y el Estado era una voz lejana, la radio se convirtió en puente, escuela y plaza pública. El 5 de septiembre de 1929 nació HJN, la primera emisora oficial del país, antecedente de la hoy Radio Nacional de Colombia. Fue un acto casi ceremonial: la voz del Estado viajando por el aire, sin cables, hacia hogares que apenas empezaban a entender el milagro tecnológico que tenían frente a sí. Tres meses después, el 8 de diciembre de 1929, surgió en la costa Caribe La Voz de Barranquilla, considerada la primera emisora comercial del país. Allí comenzó otra dimensión de la radio: la privada, la publicitaria, la que comprendió que el sonido también podía ser empresa. En los años treinta y cuarenta la radio dejó de ser experimento para convertirse en industria cultural. Aparecieron cadenas que marcaron generaciones como Caracol Radio, fundada en 1948, y RCN Radio, que consolidó su red nacional en la misma época. Más adelante surgirían Todelar y la Organización Radial Olímpica, ampliando el espectro de voces y formatos. La radio narró el 9 de abril de 1948 en tiempo real. Informó en medio de estados de sitio, transmitió desde la llegada del hombre a la luna, hasta goles que paralizaron ciudades, educó cuando no había escuelas suficientes y alfabetizó cuando la imprenta era privilegio urbano. En los campos, el transistor fue compañía y orientación, en las ciudades, el noticiero matutino marcó la agenda pública. Hoy Colombia cuenta con cerca de 1.600 emisoras entre comerciales, comunitarias y públicas, según registros oficiales del Ministerio TIC. Esa cifra no es menor: habla de un país que aún se informa por ondas, que sigue confiando en la inmediatez del micrófono. Pero la historia de la radio también es la historia de su transformación tecnológica. Pasó de la amplitud modulada (AM) y la frecuencia modulada (FM) a kbps digitales. De estudios análogos a consolas digitales. De torres físicas a plataformas en streaming. Y ahora enfrenta una nueva transición: la migración hacia la radio digital. Países europeos como Noruega, pionera en 2017 al apagar progresivamente la señal nacional en FM para adoptar el estándar DAB (Digital Audio Broadcasting), y Países Bajos, que impulsa la expansión del DAB+ como alternativa al espectro tradicional, han iniciado un camino que redefine el futuro del medio. Las razones son técnicas y económicas: mayor eficiencia en el uso del espectro electromagnético, mejor calidad de sonido, posibilidad de transmitir más contenidos en menos ancho de banda y reducción de costos operativos a largo plazo. También hay un debate ambiental: el uso más eficiente del espectro y la modernización de infraestructuras buscan reducir consumos energéticos y optimizar recursos tecnológicos. La radio digital no elimina la esencia; transforma el vehículo. El dial ya no es solo una perilla: es una aplicación, un enlace, una señal híbrida que combina antena y datos móviles. El oyente ya no depende exclusivamente del transistor; ahora escucha desde su celular, su automóvil inteligente o su computador portátil. Sin embargo, la pregunta histórica es otra: ¿qué se pierde cuando se apaga una frecuencia? ¿Qué ocurre con las comunidades rurales donde la conectividad aún es limitada? La transición tecnológica exige políticas públicas responsables que no dejen a nadie fuera del aire. La radio en Colombia no es un recuerdo romántico; es un sistema vivo que ha acompañado guerras, procesos de paz, crisis económicas y transformaciones culturales. Es archivo sonoro de la nación. Hoy, 13 de febrero, cuando el mundo celebra el Día Mundial de la Radio —fecha proclamada por la UNESCO en 2011 y adoptada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 2012—, la reflexión no es nostálgica sino estratégica: la radio no muere, muta. A los periodistas que madrugan antes del amanecer. A los técnicos que afinan la consola cuando nadie los ve. A las voces que acompañan al país en la madrugada o en la noche profunda. A quienes narran el gol, la tragedia o la esperanza. Gracias. Porque mientras exista alguien dispuesto a escuchar, habrá una voz lista para salir al aire; y Colombia —aunque cambie la frecuencia— seguirá necesitando oírse.

  • EDITORIAL | NO ME GUSTA RESPETAR LA OPINIÓN DE LOS DEMÁS

    Por: Efraín César Marino Rincón Presidente de Corprensa Colombia @corprensacol Ser periodista no es un título, ni una tarjeta de presentación, ni una biografía bien escrita, ser periodista es una forma de estar en el mundo, es cargar con historias ajenas como si fueran propias, caminar de noche con la libreta abierta y el alma alerta, escuchar lo que otros callan y narrarlo sin traicionar la verdad. Cada 9 de febrero, cuando se conmemora el Día del Periodista, no se celebra solo una profesión, se honra un compromiso, se recuerda un oficio que se ejerce con palabras, pero también con el cuerpo, con la conciencia y en demasiados casos, con la vida. No es una fecha para discursos cómodos ni para felicitaciones automáticas, sino para mirar de frente lo que significa informar en sociedades donde la verdad sigue siendo incómoda. El periodismo no se aprende del todo en las aulas, se aprende en la calle, en la mirada esquiva de una fuente que duda, en el silencio incómodo antes de una respuesta, en el temblor de las manos cuando se escribe una verdad que incomoda. Se aprende cuando uno entiende que preguntar también es un acto de valentía y que publicar implica asumir consecuencias. Hay pasión en este oficio, una pasión que no siempre paga bien, que a veces cobra en desvelos, amenazas o exilios forzados, pero que insiste. Porque el buen periodista no persigue aplausos: persigue sentido, persigue justicia, memoria y contexto, persigue que los hechos no mueran ahogados en la indiferencia. También hay honor, un honor silencioso, lejos de los reflectores, que se sostiene cuando nadie mira, el honor de no torcer una cita, de no vender una versión, de no usar el dolor como espectáculo. El honor de decir “no sé” cuando no hay certeza y de decir “no” cuando la presión aprieta, el honor de recordar que detrás de cada titular hay una vida, una familia, una historia irrepetible. Pero este oficio también está marcado por la ausencia, por los nombres que ya no están, por los periodistas que fueron silenciados para que otros entendieran el mensaje, a ellos se les debe mucho más que un homenaje simbólico, se les debe memoria, respeto y coherencia. Gracias a quienes dieron su vida, hoy los que quedamos aún podemos preguntar, escribir y publicar. La libertad de expresión que ejercemos no es gratuita: está escrita con sangre, con miedo vencido y con valentía extrema. El periodista es, casi siempre, un testigo incómodo, llega antes que la justicia y se va después de que la noticia deja de ser tendencia, está cuando el poder se siente intocable y cuando la víctima no tiene voz, por eso incomoda, por eso molesta, por eso es necesario. Y conviene decirlo sin eufemismos: el buen periodista no respeta la opinión de los demás; respeta el derecho de cada persona a opinar libremente, que es muy distinto. La opinión no es un dogma intocable ni un territorio sagrado, uando una opinión se construye sobre la mentira, el abuso, la discriminación o la corrupción, el deber del periodista no es callar por falsa cortesía; es cuestionar, contrastar, denunciar y argumentar, porque esa —aunque incomode— es su labor. El periodismo, además, es profundamente humano, es dudar, equivocarse y corregir, es volver a casa con más preguntas que respuestas, es escribir con rabia contenida, con compasión lúcida y con respeto. Porque informar no es deshumanizar; es devolverle rostro a lo que otros prefieren reducir a cifras. Ryszard Kapuściński lo dijo con una claridad que hoy resulta urgente: “para ser buen periodista, primero hay que ser buena persona”. Esa frase no es un eslogan ni una consigna romántica; es una advertencia ética, sin empatía no hay contexto, sin honestidad no hay verdad, sin humanidad, el periodismo se vacía. Hoy, cuando la velocidad compite con la verdad y la opinión se disfraza de noticia, el periodismo tiene una responsabilidad mayor: resistir. Resistir a la mentira fácil, al clic vacío y al ruido sin contexto, resistir honrando a quienes ya no están, ejerciendo el oficio con la dignidad que ellos defendieron hasta el final. Este 9 de febrero no basta con celebrar, es necesario reafirmar el compromiso. Felicitar a quienes siguen creyendo en el periodismo como servicio público, pero también exhortarnos —con humildad y firmeza— a ser mejores personas para ser mejores periodistas. La ética periodística no se negocia, se honra, se practica todos los días, incluso cuando cuesta. Especialmente cuando cuesta, porque sin ética no hay periodismo, solo propaganda, y sin periodistas éticos, la sociedad camina a ciegas. Contar bien las historias sigue siendo un acto de servicio, y hacerlo con verdad, pasión, memoria, humanidad y honor sigue siendo —pese a todo— una forma profundamente digna de vivir.

  • BOGOTÁ ESTÁ SOLA Y ALGUIEN TIENE QUE DECIRLO

    Por: José Jaime Uscátegui Candidato a la Cámara de Representantes por Bogotá – Centro Democrático #102 Bogotá no está en guerra, pero tampoco está en paz, está sola. Sola cuando una madre ve salir a su hijo y no sabe si regresa. Sola cuando un comerciante paga extorsión para no perder lo poco que ha construido. Sola cuando un ciudadano denuncia y descubre que el sistema no responde. Desde hace meses camino la ciudad y escucho siempre lo mismo: “Aquí nadie nos cuida”. No es una consigna política, es un grito contenido. Bogotá se cansó de explicaciones, diagnósticos y excusas, la gente quiere volver viva a su casa, así de simple, así de urgente. Por eso decidí dar un paso al frente y promover un cabildo abierto para discutir la asistencia militar en Bogotá. No desde la comodidad de un escritorio, sino desde la realidad que se vive en las calles y lo digo sin rodeos: la ciudad está desbordada y el Estado está llegando tarde. A algunos les incomoda la palabra “Ejército”. Prefieren debates semánticos mientras los delincuentes avanzan, yo prefiero hablar de víctimas, de prevención y de responsabilidad, la asistencia militar no es una invención ni una amenaza a la democracia, es una herramienta legal, constitucional y excepcional para cuando la Policía, sola, no da abasto. No estamos proponiendo tanques en los parques ni soldados sustituyendo a la Policía, eso es una caricatura malintencionada, estamos hablando de apoyo estratégico, temporal y focalizado, con reglas claras, mando civil y control institucional, lo que sí es inaceptable es seguir mirando para otro lado mientras la criminalidad se toma barrios enteros. He escuchado decir que esto “no resuelve las causas estructurales”, puede ser cierto, pero tampoco las resuelve dejar a la gente indefensa. La seguridad no es el punto final del desarrollo, es el punto de partida, sin seguridad no hay educación, no hay empleo, no hay dignidad posible. Yo no hablo de seguridad desde la teoría, hablo desde la experiencia, desde el conocimiento del Estado, desde la convicción de que el orden también es un acto de justicia social. El primero que sufre la inseguridad no es el privilegiado, es el trabajador, el joven del barrio popular, la mujer que regresa sola de noche. Hoy Bogotá necesita representantes que no le tengan miedo a las decisiones difíciles, que no se escondan detrás de discursos tibios, que entiendan que gobernar y legislar no es agradar a todos, sino proteger a la mayoría, por eso aspiro volver a llegar a la Cámara de Representantes por Bogotá, por el Centro Democrático, con el número 102. No para hacer política desde el aplauso fácil, sino desde la firmeza como lo hemos venido haciendo, no para justificar el caos, sino para enfrentarlo, no para normalizar la violencia, sino para detenerla. Votar por mí es votar por una Bogotá que no se rinde, es votar por un Estado que vuelve a ejercer autoridad, es votar por el derecho a vivir sin miedo. Bogotá no necesita más silencio, necesita decisiones, y necesita quién las defienda.

  • EDITORIAL | LAS DOS CARAS DE UNA CAÍDA

    Por: Efraín Marino. Presidente de Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol Las imágenes dieron la vuelta al mundo, venezolanos celebrando en plazas de Madrid, Miami, Bogotá, Santiago, Buenos Aires, etc. Abrazos, banderas, lágrimas, el fin de una dictadura que parecía eterna. Para la diáspora, la noticia fue una descarga emocional largamente contenida: la sensación de que por fin, algo se movía. Pero hubo una ausencia que lo dijo todo: en Venezuela no hubo celebraciones en las calles, no porque no haya alegría, la hay; profunda, silenciosa. No porque no haya esperanza, la hay; pero cautelosa, porque el miedo sigue ahí. El poder no se evaporó con la captura del dictador, cambió de forma, pero no de manos; y esa es la verdad incómoda que pocos quieren escuchar. La razón corta, la que nadie quiere oír, es esta: El poder real todavía lo tiene el chavismo armado, no la oposición civil, y en transiciones duras no se negocia con quien tiene razón moral, sino con quien puede apagar o prender el incendio. Por eso, mientras el mundo celebra, Venezuela espera. Se ha dicho que la incursión militar, no fue un ataque al país, sino una acción focalizada contra Nicolás Maduro y su esposa; quien, según versiones diplomáticas, tuvo múltiples oportunidades de una salida negociada y las rechazó. La operación evitó, en gran medida, un daño masivo a civiles. Eso explica parte del alivio popular. Porque aquí aparece la segunda cara de la noticia. En medio de este reordenamiento, Donald Trump afirmó públicamente que Estados Unidos se hará cargo de Venezuela durante el proceso de transición, priorizando la explotación petrolera, descartando nuevos ataques por ahora, pero advirtiendo que están listos para escalar la ofensiva si lo consideran necesario, eso ya no suena a liberación, suena a control. Y es ahí donde la lógica deja de ser épica y se vuelve fría. Muchos se preguntan por qué Delcy Rodríguez, la vicepresidenta que puso Trump, aparece sentada en la mesa de negociación, mientras María Corina Machado no. La respuesta no es ideológica, es estratégica. Delcy representa lo que hoy se necesita para evitar el colapso inmediato: continuidad administrativa (ministerios, PDVSA, puertos, bancos), un canal con el poder duro (militares, inteligencia, colectivos), y la capacidad de entregar algo concreto: información, órdenes, desmovilización, no es simpatía, es utilidad. María Corina, en cambio, tiene legitimidad, respaldo popular, votos. Pero no controla armas, territorio ni logística, ni puede garantizar que mañana no estalle la violencia; y en esta fase, eso pesa más que la razón moral. Edmundo González ocupa otro lugar: símbolo electoral, figura de consenso civil, pero no operador de poder, sirve para después, no ahora donde hay que apagar el incendio. La transición —si realmente avanza— sigue una lógica conocida, aunque duela aceptarla: Primero, control del caos: se habla con quienes pueden desatar o frenar la violencia; luego, reacomodo del poder: entran civiles y técnicos. Al final, legitimación: elecciones, liderazgos democráticos, representación, el error emocional es creer que al caer Maduro “ahora mandan los buenos”. No. Primero mandan los que evitan que el país se queme, después, los que pueden gobernar, y al final, los que pueden representar. Esto no significa que María Corina esté fuera; significa que no es la carta de esta jugada, sino de la siguiente, sacarla del tablero sería alarmante. No incluirla ahora es parte “cruda” de la secuencia. Por eso el pueblo venezolano celebra lejos, pero calla en casa, porque sabe que el régimen cayó, pero el sistema aún respira. Y mientras se habla de petróleo, de control transitorio y de ofensivas listas, queda una pregunta que no admite evasivas: ¿Qué pasará con Diosdado Cabello, Vladimir Padrino, Delcy Rodríguez y los hermanos Rodríguez, actores centrales de la crisis humanitaria? ¿Y qué lugar ocuparán Edmundo González y María Corina Machado cuando llegue el momento de devolverle la voz al país? La historia, como siempre, no empieza donde uno quiere, empieza donde puede.

  • CRÓNICA | AÑO NUEVO, VIDA NUEVA: LECCIONES FRENTE A UNA FOGATA QUE NO ERA REAL.

    Por: Efraín Marino @efrainmarinojr @corprensacol La foto fue tomada un 30 de diciembre, en mi apartamento de ciudad, cuando el año se despedía sin ruido y la vida todavía no nos había pasado la factura completa. No había una fogata real, lo que aparece al fondo es un televisor gigante proyectando un video de leños ardiendo, queríamos simular el calor del hogar y funcionó. Lo curioso es que, aunque el fuego era falso, el calor se sentía de verdad, tal vez porque lo importante nunca fue la imagen, sino la compañía. Éramos cuatro, yo era el menor, y sin que nadie lo dijera, el alumno. El mayor era Hernando Rincón, boyacense, camisa azul, cuello rojo, voz de radio antigua, de esas que no se aprenden: se heredan con los años. Más de cincuenta años al aire, medio siglo contando el país cuando todavía se escuchaba con atención. Hernando hablaba con tono grave, despacio, como quien sabe que las palabras pesan más cuando no se apuran. A la izquierda de la foto, de pie, estaba Manuel Novoa, bogotano, camisa azul, sirviendo el vino como si repartiera una primicia. Periodista de prensa escrita, director de la agencia de noticias Caribe Press. Metódico, exacto, amante de las referencias precisas. Siempre aclaraba —entre risas— que aunque apareciera a la izquierda, de izquierdas no tenía nada, que esa mano solo la usaba, según él, para ir al baño, así era Manuel: serio con el oficio, ligero e irónico con la vida. Sentado, con lentes y mirada atenta, estaba Erasmo Guaqueta, también bogotano. Director del Periódico Pregón Distrital, especialista en política y opinión, hombre de argumentos largos y silencios oportunos. Bien vestido y caballero, Erasmo no hablaba para figurar, hablaba para ordenar la conversación, cuando lo hacía, uno sabía que valía la pena escucharlo completo. Y a la derecha estaba yo. Efraín Marino, barranquillero, el menor. El que escuchaba más de lo que hablaba, el que esa noche no sabía que estaba recibiendo una lección que el tiempo no repetiría. Entre copas de vino, risas tranquilas y la falsa fogata encendida, sonó la canción “Año Nuevo, Vida Nueva “, y alguien lanzó la pregunta que suele aparecer cada diciembre, casi por costumbre: —¿Qué significa eso de “Año Nuevo, vida nueva”? Manuel experto en deportes y música tropical respondió primero. Siempre tenía un dato guardado. —Eso es de la Billo’s Caracas Boys, dirigida por Billo Frómeta, venezolano, y compuesta por Pedro Juan Meléndez Comas, colombiano. Y como si el recuerdo obedeciera, se escucho la letra, esa que muchos cantan sin escucharla del todo: … “Más alegre los días serán… Año Nuevo, Vida Nueva con salud y con prosperidad” Después habló Erasmo, con ese tono suyo, más reflexivo. —Para mí —dijo—, Año Nuevo, vida nueva es la oportunidad que nos da la vida cada año para hacer las cosas que quedaron pendientes el año pasado. Era una definición sobria. Sin adornos, como una columna bien escrita. Finalmente habló Hernando. El más viejo. El más sabio. El primero que ya no está. —Si queremos una vida nueva —dijo—, no podemos seguir haciendo lo mismo, porque entonces tendremos una vida igual. Si de verdad queremos algo diferente, tenemos que hacer cosas diferentes. No levantó la voz, no hizo énfasis, no necesitó hacerlo. Esa frase se quedó flotando, como el humo que la pantalla fingía proyectar. Yo no opiné, no corregí, no añadí nada, solo levanté la copa en hice el brindis. Aprendí en silencio, como se aprende cuando uno sabe que está frente a maestros. No sabíamos —ninguno lo sabía— que seis años después Hernando sería el primero en irse, que luego marcharía Manuel, que Erasmo sería el último en partir. Y que yo quedaría aquí, con la tarea más difícil: recordarlos y no dejar morir lo que me enseñaron. Hoy miro la foto y entiendo que no era una reunión cualquiera, era una clase, una conversación que hoy vale más que cualquier titular, una lección frente a una fogata que no era real, pero que nos dio calor del bueno. Hoy, recordando esta foto que Facebook trajo de vuelta a mi memoria, quiero vivir lo que me quede de vida como si fuera una canción y disfrutarla a cada instante, como me enseño Manuel… haciendo las cosas que siempre quise hacer y que luego pospuse, dejé pendientes, archivé para después, como aprendí de Erasmo, entendiendo que cada año es una oportunidad para cerrar ciclos abiertos con uno mismo. Y como diría Hernando, atreviéndome a vivir diferente si de verdad quiero resultados diferentes. En la foto solo quedé yo para contar la historia. Y quiero hacerlo bien, como me enseñaron ellos, mis amigos, mis maestros, los hermanos que me dio la vida.

  • EDITORIAL | SI EL NIÑO DIOS FUERA COLOMBIANO.

    Por: Efraín Marino @efrainmarinojr | @corprensacol Si el Niño Dios fuera colombiano, no nacería de madrugada entre ángeles. Nacería de noche, cuando el campo guarda silencio y la tierra parece contener la respiración. Nacería en una vereda sin nombre, en una casa de madera cansada, con techo de zinc agujereado por la lluvia y por la guerra. Nacería donde nacen los niños que aprenden primero a resistir y después, si sobreviven, a soñar. Sería un niño campesino, de esos que caminan descalzos sobre la tierra caliente y saben distinguir el sonido del viento del sonido de un fusil. Aprendería temprano a no preguntar demasiado. Su cuna sería una hamaca vieja, balanceada no por ternura sino por la incertidumbre. Su madre tendría las manos ásperas, la mirada firme y el miedo bien administrado, porque en Colombia el miedo no se elimina: se administra para seguir vivos. Crecería rodeado de otros niños resilientes, niños con ojos grandes y silencios profundos. Jugarían a la pelota cerca del maizal, pero sabrían exactamente hasta dónde pueden correr. Entenderían, sin que nadie se los explique, que hay caminos prohibidos, palabras que no se dicen y nombres que no se repiten. Aquí la infancia no siempre se rompe de golpe; a veces se va desgastando lentamente. La violencia no llegaría anunciándose. Llegaría como llega siempre: caminando despacio, prometiendo futuro. El reclutamiento forzado sería una sombra larga al caer la tarde, adultos midiendo estaturas, contando edades, calculando destinos. En Colombia no se llevan niños: se los van robando por dentro, hasta que un día ya no regresan a casa. Si el Niño Dios fuera colombiano, aprendería pronto que hay decisiones que no se toman, se imponen. Que huir también es una forma de amor y que quedarse puede ser una sentencia. Conocería el desplazamiento sin ceremonias, como se conocen las cicatrices. Vería a su familia empacar la vida en costales, abandonar la tierra sembrada con años de trabajo y dejar atrás a los muertos sin tumba y a los recuerdos sin justicia. Cambiaría el verde del monte por el gris de una ciudad hostil. Pasaría del canto del gallo al ruido permanente, del horizonte abierto al hacinamiento. Aprendería que el desarraigo no es solo perder la tierra: es perder el nombre, la historia y el lugar en el mundo. Pero si el Niño Dios fuera colombiano, también heredaría la terquedad sagrada del campesino. Esa que no se rinde aunque le quemen la casa. Esa que vuelve a sembrar donde hubo sangre. Esa que reconstruye con fe bruta y esperanza silenciosa. El campesino colombiano no cree en finales felices; cree en seguir. Aquí la fe no es una oración, es un acto cotidiano de resistencia. Creer es levantarse después de la masacre, volver al surco, criar hijos en medio de la amenaza y, aun así, enseñarles a no odiar. Si el Niño Dios fuera colombiano, no traería promesas rápidas ni salvaciones limpias. Vendría a habitar la noche, a caminar con los que no aparecen en las estadísticas, con los niños que crecieron demasiado pronto y con los campesinos que se negaron a desaparecer. Y si el Niño Dios fuera colombiano, el milagro sería el mismo de siempre: silencioso, incómodo, persistente. Estaría en cada niño que logra salvarse del reclutamiento forzado, en cada infancia que no es robada, en cada muchacho que crece sin un fusil al hombro, creyendo —contra todo pronóstico— que aún vale la pena ser una buena persona. Su madre se llamaría María y trabajaría donde pudiera. Su padre se llamaría José y viviría del rebusque. Como millones en este país. Ellos no salen en los discursos ni en los balances oficiales, pero sostienen la nación. Porque en Colombia, el verdadero milagro no ocurre en los templos: ocurre cuando un niño logra llegar vivo a la adultez. Y ese milagro, todavía hoy, sigue siendo una deuda del Estado y una vergüenza colectiva.

  • Crónica | David José Valencia Campo: el candidato que quiere potenciar con el nuevo talento, el día y la noche de la ciudad de Bogotá.

    Por: Efraín Marino – Presidente Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol En una ciudad donde el reloj nunca se detiene y las tensiones entre el caos y la creatividad conviven en cada esquina, emerge una figura que habla con soltura tanto de indicadores como de arte callejero; de presupuestos, pero también de talento local. David José Valencia Campo, candidato a la Cámara por Bogotá (#101 del Partido Conservador), ha construido un discurso que no suena a libreto político, sino a mapa de ciudad: uno donde la cultura, la administración eficiente y la seguridad no son departamentos aislados, sino engranajes de un mismo futuro. Su juventud es evidente, pero no es el pretexto: es el impulso. Valencia pertenece a una generación que entiende que Bogotá no solo se gobierna desde oficinas de día, sino también desde calles que palpitan de noche. Por eso habla con determinación de una idea que, hasta hace poco, parecía remota: una Bogotá 24 Horas, real, estructurada y segura, guiada por políticas modernas de movilidad, empleo nocturno, vigilancia y convivencia. En su propuesta se destaca la creación de un Alcalde de la Noche, figura presente en ciudades como Ámsterdam, Nueva York o Berlín, responsable de coordinar el ecosistema nocturno y convertirlo en motor económico y cultural. En sus caminatas por barrios tradicionales y sectores vibrantes, Valencia repite una frase que ya se volvió marca personal: “La noche no es un problema, es una oportunidad”; y para él esa oportunidad se traduce en crecimiento económico, empleos para jóvenes, dinamización del turismo, y —sobre todo— una convivencia mejor regulada y más segura. Pero su mirada no termina ahí, si algo distingue a Valencia Campo es su convicción de que la cultura no es un lujo, sino una herramienta de transformación social; cree, sin timidez, que apoyar al artista emergente es también política pública, desde los grafiteros y muralistas que colorean la ciudad, hasta los músicos, bailarines, actores y creadores de contenido que buscan oportunidades, su propuesta es clara: Bogotá necesita mecanismos reales de fomento cultural, espacios para la creación, estímulos transparentes y una red de apoyo para que el talento no se pierda entre la burocracia. Durante un encuentro con jóvenes en la localidad de Suba, un muchacho le mostró sus canciones grabadas en un celular desgastado. Valencia lo escuchó completo. No lo interrumpió, no posó para la foto; y cuando terminó, solo dijo: “Si la ciudad no es capaz de escuchar su propio talento, ¿a qué aspira?”. Detrás de la frase hay una convicción genuina: fortalecer el ecosistema artístico puede ser también una estrategia de seguridad, de identidad y de reconstrucción de tejido social. Valencia combina ese espíritu cultural con su sello técnico. Es administrador en el fondo y en la forma: piensa en metas claras, en indicadores, en presupuestos que funcionen, si promete una Ley de la Noche, La Ley del Artista; lo hace con estructura: horarios escalonados, protocolos de cuidado, formalización de oficios nocturnos, fortalecimiento del turismo responsable y articulación entre Policía, comerciantes y ciudadanía. En un país fatigado de discursos sin sustento, sorprende su manera de aterrizar las ideas: con números, con rutas, con proyecciones, sin grandilocuencias; allí se refleja la mezcla que lo distingue: liderazgo joven, talento político, sensibilidad cultural y disciplina administrativa. Mientras otros candidatos repiten lugares comunes, José David Valencia Campo avanza con una propuesta que entiende la ciudad como un organismo vivo, una Bogotá que crea, que trabaja, que suena, que sueña… de día y de noche. El C-101 en el tarjetón podría ser uno más, pero detrás está un candidato que insiste, sin cliché y sin temor, en que el futuro de Bogotá también se escribe cuando cae el sol; y que si se administra bien —con talento, orden, cultura y visión— esa Bogotá nocturna puede convertirse en el motor que la capital lleva años esperando. Redes Sociales : https://www.facebook.com/share/1DCUGLK7iB/ https://x.com/DavidJoseVC https://www.instagram.com/davidjosevc?igsh=MXUyYzU2NXF1c243Nw== https://www.tiktok.com/@davidvalenciacampo?_r=1&_t=ZS-92FwpX9SoSd

  • CRÓNICA | FUNDACIÓN LA LUZ, 30 AÑOS CON LAS PUERTAS ABIERTAS A LA VIDA.

    Por: Efraín Marino Presidente de Corprensa Colombia @efrainmarinojr | @corprensacol La luz no irrumpe de golpe, no llega como un relámpago, la luz, cuando es verdadera, aparece primero como una duda tímida, como una rendija en medio de la noche, así ha sido durante 30 años la historia de la Fundación La Luz, una obstinación silenciosa por encender una vela donde otros solo aprendieron a convivir con la sombra, tres décadas con las puertas abiertas a la vida. El salón principal de la Cámara de Comercio de Bogotá estaba lleno, pero el verdadero auditorio era otro, estaba hecho de ausencias, de batallas libradas a puerta cerrada, de nombres que un día se perdieron y luego regresaron. Treinta años no caben en un acto protocolario, caben, apenas, en los ojos y corazones de quienes entendieron que tocar fondo también puede ser el inicio de algo. Los graduados caminaron vestidos de estricto blanco y negro, como si el smoking resumiera su historia, la lucha permanente entre la luz y las tinieblas, no desfilaron solos, sentados en primera fila estaban sus compañeros, los que aún permanecen en tratamiento, recordando que nadie sale de la oscuridad empujando a otros hacia ella, avanzaron despacio, con la solemnidad de quien ha aprendido que cada paso cuenta, porque vencer una adicción no es una carrera, es una vigilia. Cuando uno de ellos tomó el micrófono, el silencio se volvió espeso, su voz no tembló por debilidad, sino por memoria, pidió perdón a su familia, a sus amigos y a la sociedad, habló de noches largas, de decisiones equivocadas, de una guerra interna donde el enemigo tenía su propio nombre, habló de caídas sin testigos y de mañanas sin esperanza, y entonces ocurrió algo simple y devastador, el auditorio entendió, no desde la razón, sino desde la piel. Las familias lloraron sin pudor, no eran lágrimas de tristeza, sino de alivio, lloraban porque el miedo había cedido terreno, porque el teléfono ya no sonaba de madrugada, porque el abrazo había regresado a casa, en esos aplausos no había celebración, había gratitud y esperanza. En ese escenario, Álvaro Alfonso Enciso, el fundador y visionario, no hablaba como director, sino como líder. Treinta años sosteniendo una luz cansa, pero su familia y su equipo de colaboradores le han ayudado a mantener los brazos firmes. La Fundación La Luz no promete milagros, promete compañía, no ofrece atajos, ofrece constancia. Enseña que la recuperación no es un acto heroico, sino una suma de pequeños actos valientes repetidos todos los días. En medio de la solemne ceremonia, llena de personalidades públicas y de la farándula nacional que se unían a esta celebración, llegó el reconocimiento del Concejo de Bogotá, la Orden José Acevedo y Gómez, brilló como un símbolo institucional, pero el verdadero galardón estaba abajo, sentado, de pie, respirando, estaba en los más de 60 graduados que entendieron que la oscuridad no se derrota con fuerza, sino con persistencia. Esa noche quedó claro que la adicción es una sombra paciente, pero la luz también lo es, la oscuridad espera el descuido, la luz espera la decisión, y cuando alguien decide encenderla, aunque sea con manos temblorosas, las tinieblas retroceden, no desaparecen, pero aprenden a obedecer. Treinta años después, la Fundación La Luz sigue haciendo lo mismo: recordarle a la noche que no es eterna, y a quienes caminan dentro de ella, que siempre, incluso en el peor momento, cuando el cielo está lleno de nubes negras y tormentosas, muy por encima de ellas esta la fe, la esperanza y el amor de una familia que viene con las puertas abiertas a la vida, llamada Fundación La Luz.

  • LA SEGUNDA VUELTA: UNA ALIANZA POR MIEDO, NO POR PAIS.

    Por Efraín Marino – Especial para Corprensa Colombia @efrainmarinojr Las encuestas más recientes —incluidas las mediciones de noviembre publicadas por firmas nacionales— no han despejado el panorama: lo han tensionado. No describen un país en búsqueda de un proyecto común, sino uno atrapado en rechazos acumulados y desconfianzas que se vuelven identidad política. Todo indica que la segunda vuelta presidencial será el escenario decisivo de 2026. Y también el espejo crudo de nuestra democracia: una contienda donde la unidad no nacerá de las ideas, sino del miedo; no de coincidencias, sino de la necesidad de frenar al adversario. La derecha y la centroderecha, hoy dispersas en liderazgos que compiten más por visibilidad que por visión, sólo encontrarán convergencia cuando la matemática electoral las obligue. Es un patrón repetido: ya ocurrió en las consultas y primarias del último ciclo presidencial. Si uno de sus candidatos alcanza el balotaje, la coalición no surgirá de un acuerdo programático, sino de un impulso defensivo para impedir un nuevo triunfo de la izquierda. Y del otro lado la ecuación será idéntica. La izquierda se unirá, no porque exista armonía interna, sino porque el riesgo de un retorno opositor suele ser más movilizador que cualquier agenda. Así funciona nuestra política. La segunda vuelta se convertirá en un pacto de temores cruzados: “todos contra” la izquierda o “todos contra” la derecha. Pero casi nunca “todos por” el país. En medio de ese forcejeo predecible, hay un actor al que ambos bloques siguen subestimando: el voto indeciso, el elector desilusionado del actual gobierno, el joven que oscila entre la rabia y la apatía y el ciudadano que jamás ha votado. Ese voto silencioso —movible, impredecible y crítico— no aparece con nitidez en las encuestas, pero tiene la capacidad de definir una elección en cuestión de horas. La juventud vota por causas, no por estructuras. Los desencantados del gobierno miran a la oposición con la misma desconfianza con la que votaron hace cuatro años. Y quienes nunca han participado suelen convertirse, cuando despiertan, en la fuerza más disruptiva del tablero electoral. Ignorar esa franja no es un error técnico: es un error histórico. Mientras la derecha y la izquierda se preparan para medir fuerzas en los extremos, olvidan que la contienda podría resolverse en un territorio que no dominan: el del desencanto. Ese espacio donde el discurso político pierde credibilidad y la ciudadanía empieza a evaluar a los candidatos no por lo que prometen, sino por lo que callan. Si no logran hablarle a esa Colombia silenciosa —harta de la retórica y agotada de los mismos nombres—, la segunda vuelta será apenas una suma de adhesiones tardías y acuerdos de supervivencia. Una alianza del miedo, no un pacto de país. Y entonces aparece la pregunta que sobrevuela el ambiente político, pero nadie se atreve a formular en voz alta: ¿Qué ocurrirá el día en que ese electorado huérfano, desencantado y subestimado decida romper el guion?. Ese día —y no la segunda vuelta— Colombia descubrirá quién sostiene realmente el destino del país entre sus manos.

  • EL TIGRE NO ES COMO LO PINTAN.

    EDITORIAL Por: Efraín Marino @efrainmarinojr @corprensacol En Colombia, la política es una selva que cambia de humor sin previo aviso, un territorio áspero, lleno de senderos que se bifurcan, donde los liderazgos suelen desgastarse incluso antes de nacer; En esa espesura, donde cada elección parece escrita por un animal distinto, comenzó a tomar forma la figura de Abelardo de la Espriella: un actor político que irrumpe sin pedir permiso y que, para bien o para mal, obliga a mirar. Intentaron describirlo con los clichés de siempre: radical, provocador, excesivo, pero la tinta con la que lo dibujaron nunca coincidió con el trazo real; “El tigre”, como suele ocurrir con los animales que se saben observados, decidió mostrarse a su manera, y ese gesto, de por sí disruptivo, abrió una grieta en el mapa político colombiano. Durante años, el abstencionismo fue el gran protagonista invisible de las elecciones, una multitud silenciosa que caminaba entre nosotros sin dejar huella en las urnas, gente cansada, incrédula, harta de frases programadas, convencida de que votar era apenas un acto protocolario sin consecuencias reales. Ese sector, históricamente inmóvil, empezó a reaccionar; No en masa, no con devociones, sino con una curiosidad que se respira en comentarios, métricas y conversaciones privadas, algo en el tono de De la Espriella –su franqueza sin pretensiones pedagógicas, su incomodidad deliberada– comenzó a despertar a quienes habían renunciado a participar, y cuando el abstencionista se mueve, el país entero se desplaza. La otra señal proviene de los jóvenes, una generación que aprendió a leer la política como un ejercicio de sospecha constante, crecieron viendo discursos que prometían renovación mientras repetían fórmulas desgastadas; en ellos, la paciencia es corta y la memoria es larga. En este público, De la Espriella despierta una mezcla difícil de clasificar: no fascinación, no idolatría, pero sí una especie de atención alerta, no lo ven como un salvador; lo leen como una anomalía en un sistema que siempre presenta las mismas caras; “El tigre” no intenta parecer cercano, y esa falta de artificio es, paradójicamente, lo que lo acerca, porque esta generación no quiere sermones: quiere claridad, y la claridad, aunque duela, siempre encuentra oído. Pero ningún tigre avanza solo, fuera del ruido, el verdadero obstáculo no está en los adversarios externos sino en los aliados potenciales: una derecha fragmentada, presa de cálculos individuales, viejas rencillas y ansias de protagonismo, un ecosistema donde abundan los liderazgos, pero escasea la visión compartida; como decía mi abuela “Mucho Cacique y poco Indio”. Si De la Espriella quiere llegar más lejos, tendrá que enfrentar esa prueba que tumba más campañas que los escándalos: ordenar la manada, reunir lo que lleva años disperso, hacer que los egos bajen el tono y que las ambiciones individuales no se conviertan en trampas, la primera vuelta solo es posible si la manada entiende que la división no es pluralidad: es derrota anticipada, y en esa batalla, la política revela su verdadero rostro: no gana el más fuerte, sino el que consigue que los otros dejen de pelear por un instante. Mientras tanto, los indicadores digitales –hoy más reveladores que cualquier plaza pública– muestran un crecimiento que no depende de maquinaria, sino de algo más difícil de producir: atención espontánea, conversaciones nuevas, seguidores que nunca habían opinado sobre política, jóvenes que encuentran un punto de fuga donde antes solo veían paredes, nadie puede afirmar hacia dónde se moverá ese impulso, pero su existencia ya reordena el terreno, y en política, lo que reordena incomoda. De la Espriella es un fenómeno en proceso, no un retrato final, un actor que crece en los márgenes donde la política suele hacer ruido pero no cambiar; su avance no depende de discursos heroicos ni de campañas tradicionales, sino de su capacidad para convocar sin fracturar y para resistir la tentación del solista. “El tigre no es como lo pintan”, ni como quieren pintarlo, es simplemente la figura que aparece cuando el país se cansa de reconocerse en las mismas sombras, y si logra que la manada deje de morderse entre sí, podría convertir lo improbable en posible.

  • EL SECTOR DE BARES CRECE LENTAMENTE TRAS LA PANDEMIA.

    ● El sector de bares en Colombia muestra una leve recuperación económica y una apuesta por la formalización. ● Expobar 2025 – edición Fusión reunirá en Bogotá y Santa Marta a empresarios, marcas, autoridades y expertos internacionales para impulsar la profesionalización del entretenimiento nocturno. ● Asobares y los líderes del sector presentarán durante la feria nuevas rutas de capacitación, empleo nocturno y sostenibilidad para fortalecer el futuro del gastroentretenimiento en el país. Entre copas, risas y música, se percibe el pulso de una industria que ha resistido apagones, reformas y nuevas tendencias. Los bares colombianos viven una etapa de transformación: menos improvisación, más estrategia y una apuesta creciente por la formalización y la sostenibilidad. Según datos de Asobares, durante el primer semestre de 2025 el sector de bares, restaurantes y actividades afines registró un crecimiento real del 1,9 % en ingresos, con un valor agregado de $20,9 billones, y una leve recuperación del empleo. Aunque dos de cada tres trabajadores siguen en la informalidad, el subsector de bares y discotecas destacó con un aumento del 13,6 % en ocupación y 64,3 % en ingresos promedio. Sin embargo, la reforma laboral trajo nuevos desafíos. El aumento de los recargos nocturnos y dominicales obligó a muchos empresarios a reorganizar turnos y reducir personal. Aun así, el sector sigue siendo motor de empleo joven: en Bogotá representa el 44 % y en Santa Marta cerca del 29 %. Pese a los obstáculos, el optimismo no se apaga. Asobares proyecta para el segundo semestre de 2025 un repunte impulsado por la temporada turística, Halloween y las celebraciones de fin de año, con un crecimiento esperado de entre 4 % y 6 % en facturación. Expobar 2025: el punto de encuentro de la noche colombiana En medio de ese panorama llega Expobar Colombia 2025, el evento más importante de la industria nocturna del país, bajo el concepto “Fusión”, con sedes en Bogotá (2 y 3 de diciembre) y Santa Marta (4 de diciembre). Esta edición, con entrada gratuita, reunirá a empresarios, marcas, proveedores, autoridades locales y nacionales en torno a cuatro ejes: profesionalización, innovación, sostenibilidad y articulación público-privada. Bogotá y Santa Marta no son sedes al azar. En la capital, la División 56 aporta el 2,9 % del valor agregado distrital, mientras que en Santa Marta representa el 4,3 % del valor agregado local, con una importante participación juvenil. La feria contará con espacios temáticos como ExpoDJ, que en su edición anterior reunió a más de 1.200 productores, DJs y VJs; Círculo Gastro, especializado en gastronomía 360°; Mix&Shake, dedicado a la mixología y la alquimia; y la primera cumbre de CEOs del gastroentretenimiento en Colombia, donde 50 líderes definirán el futuro del sector. Además, Expobar incluirá conferencias con invitados nacionales e internacionales, laboratorios de talento —en inglés, hospitalidad y seguridad—, lanzamientos y experiencias sensoriales que buscan inspirar una nueva generación de empresarios nocturnos. Cuando la noche se convierte en industria Más que una feria, Expobar 2025 simboliza la madurez de un sector que pasó de la informalidad a construir una agenda empresarial. Como señala Asobares, “apostarle al fortalecimiento de los bares y restaurantes es apostarle al desarrollo económico y social del país”. Entre luces, sonidos y conversaciones, esta cita nacional busca algo más que negocios: convertir los datos en política, el talento en oportunidades y la noche en motor de desarrollo. Así, cada barra, cada escenario y cada mesa se transforman en el reflejo de un país que quiere vivir, crear y trabajar las 24 horas.

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