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EDITORIAL | NO ME GUSTA RESPETAR LA OPINIÓN DE LOS DEMÁS

  • Foto del escritor: EFRAIN MARINO
    EFRAIN MARINO
  • hace 12 minutos
  • 3 Min. de lectura

Por: Efraín César Marino Rincón

Presidente de Corprensa Colombia @corprensacol

Ser periodista no es un título, ni una tarjeta de presentación, ni una biografía bien escrita, ser periodista es una forma de estar en el mundo, es cargar con historias ajenas como si fueran propias, caminar de noche con la libreta abierta y el alma alerta, escuchar lo que otros callan y narrarlo sin traicionar la verdad.

Cada 9 de febrero, cuando se conmemora el Día del Periodista, no se celebra solo una profesión, se honra un compromiso, se recuerda un oficio que se ejerce con palabras, pero también con el cuerpo, con la conciencia y en demasiados casos, con la vida. No es una fecha para discursos cómodos ni para felicitaciones automáticas, sino para mirar de frente lo que significa informar en sociedades donde la verdad sigue siendo incómoda.

El periodismo no se aprende del todo en las aulas, se aprende en la calle, en la mirada esquiva de una fuente que duda, en el silencio incómodo antes de una respuesta, en el temblor de las manos cuando se escribe una verdad que incomoda. Se aprende cuando uno entiende que preguntar también es un acto de valentía y que publicar implica asumir consecuencias.

Hay pasión en este oficio, una pasión que no siempre paga bien, que a veces cobra en desvelos, amenazas o exilios forzados, pero que insiste. Porque el buen periodista no persigue aplausos: persigue sentido, persigue justicia, memoria y contexto, persigue que los hechos no mueran ahogados en la indiferencia.

También hay honor, un honor silencioso, lejos de los reflectores, que se sostiene cuando nadie mira, el honor de no torcer una cita, de no vender una versión, de no usar el dolor como espectáculo. El honor de decir “no sé” cuando no hay certeza y de decir “no” cuando la presión aprieta, el honor de recordar que detrás de cada titular hay una vida, una familia, una historia irrepetible.

Pero este oficio también está marcado por la ausencia, por los nombres que ya no están, por los periodistas que fueron silenciados para que otros entendieran el mensaje, a ellos se les debe mucho más que un homenaje simbólico, se les debe memoria, respeto y coherencia. Gracias a quienes dieron su vida, hoy los que quedamos aún podemos preguntar, escribir y publicar. La libertad de expresión que ejercemos no es gratuita: está escrita con sangre, con miedo vencido y con valentía extrema.

El periodista es, casi siempre, un testigo incómodo, llega antes que la justicia y se va después de que la noticia deja de ser tendencia, está cuando el poder se siente intocable y cuando la víctima no tiene voz, por eso incomoda, por eso molesta, por eso es necesario.

Y conviene decirlo sin eufemismos: el buen periodista no respeta la opinión de los demás; respeta el derecho de cada persona a opinar libremente, que es muy distinto. La opinión no es un dogma intocable ni un territorio sagrado, uando una opinión se construye sobre la mentira, el abuso, la discriminación o la corrupción, el deber del periodista no es callar por falsa cortesía; es cuestionar, contrastar, denunciar y argumentar, porque esa —aunque incomode— es su labor.

El periodismo, además, es profundamente humano, es dudar, equivocarse y corregir, es volver a casa con más preguntas que respuestas, es escribir con rabia contenida, con compasión lúcida y con respeto. Porque informar no es deshumanizar; es devolverle rostro a lo que otros prefieren reducir a cifras.

Ryszard Kapuściński lo dijo con una claridad que hoy resulta urgente: “para ser buen periodista, primero hay que ser buena persona”. Esa frase no es un eslogan ni una consigna romántica; es una advertencia ética, sin empatía no hay contexto, sin honestidad no hay verdad, sin humanidad, el periodismo se vacía.

Hoy, cuando la velocidad compite con la verdad y la opinión se disfraza de noticia, el periodismo tiene una responsabilidad mayor: resistir. Resistir a la mentira fácil, al clic vacío y al ruido sin contexto, resistir honrando a quienes ya no están, ejerciendo el oficio con la dignidad que ellos defendieron hasta el final.

Este 9 de febrero no basta con celebrar, es necesario reafirmar el compromiso. Felicitar a quienes siguen creyendo en el periodismo como servicio público, pero también exhortarnos —con humildad y firmeza— a ser mejores personas para ser mejores periodistas.

La ética periodística no se negocia, se honra, se practica todos los días, incluso cuando cuesta. Especialmente cuando cuesta, porque sin ética no hay periodismo, solo propaganda, y sin periodistas éticos, la sociedad camina a ciegas. Contar bien las historias sigue siendo un acto de servicio, y hacerlo con verdad, pasión, memoria, humanidad y honor sigue siendo —pese a todo— una forma profundamente digna de vivir.


 
 
 

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