EDITORIAL | SI EL NIÑO DIOS FUERA COLOMBIANO.
- EFRAIN MARINO
- 24 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Por: Efraín Marino @efrainmarinojr | @corprensacol
Si el Niño Dios fuera colombiano, no nacería de madrugada entre ángeles. Nacería de noche, cuando el campo guarda silencio y la tierra parece contener la respiración. Nacería en una vereda sin nombre, en una casa de madera cansada, con techo de zinc agujereado por la lluvia y por la guerra. Nacería donde nacen los niños que aprenden primero a resistir y después, si sobreviven, a soñar.
Sería un niño campesino, de esos que caminan descalzos sobre la tierra caliente y saben distinguir el sonido del viento del sonido de un fusil. Aprendería temprano a no preguntar demasiado. Su cuna sería una hamaca vieja, balanceada no por ternura sino por la incertidumbre. Su madre tendría las manos ásperas, la mirada firme y el miedo bien administrado, porque en Colombia el miedo no se elimina: se administra para seguir vivos.
Crecería rodeado de otros niños resilientes, niños con ojos grandes y silencios profundos. Jugarían a la pelota cerca del maizal, pero sabrían exactamente hasta dónde pueden correr. Entenderían, sin que nadie se los explique, que hay caminos prohibidos, palabras que no se dicen y nombres que no se repiten. Aquí la infancia no siempre se rompe de golpe; a veces se va desgastando lentamente.
La violencia no llegaría anunciándose. Llegaría como llega siempre: caminando despacio, prometiendo futuro. El reclutamiento forzado sería una sombra larga al caer la tarde, adultos midiendo estaturas, contando edades, calculando destinos. En Colombia no se llevan niños: se los van robando por dentro, hasta que un día ya no regresan a casa.
Si el Niño Dios fuera colombiano, aprendería pronto que hay decisiones que no se toman, se imponen. Que huir también es una forma de amor y que quedarse puede ser una sentencia. Conocería el desplazamiento sin ceremonias, como se conocen las cicatrices. Vería a su familia empacar la vida en costales, abandonar la tierra sembrada con años de trabajo y dejar atrás a los muertos sin tumba y a los recuerdos sin justicia.
Cambiaría el verde del monte por el gris de una ciudad hostil. Pasaría del canto del gallo al ruido permanente, del horizonte abierto al hacinamiento. Aprendería que el desarraigo no es solo perder la tierra: es perder el nombre, la historia y el lugar en el mundo.
Pero si el Niño Dios fuera colombiano, también heredaría la terquedad sagrada del campesino. Esa que no se rinde aunque le quemen la casa. Esa que vuelve a sembrar donde hubo sangre. Esa que reconstruye con fe bruta y esperanza silenciosa. El campesino colombiano no cree en finales felices; cree en seguir. Aquí la fe no es una oración, es un acto cotidiano de resistencia. Creer es levantarse después de la masacre, volver al surco, criar hijos en medio de la amenaza y, aun así, enseñarles a no odiar.
Si el Niño Dios fuera colombiano, no traería promesas rápidas ni salvaciones limpias. Vendría a habitar la noche, a caminar con los que no aparecen en las estadísticas, con los niños que crecieron demasiado pronto y con los campesinos que se negaron a desaparecer.
Y si el Niño Dios fuera colombiano, el milagro sería el mismo de siempre: silencioso, incómodo, persistente. Estaría en cada niño que logra salvarse del reclutamiento forzado, en cada infancia que no es robada, en cada muchacho que crece sin un fusil al hombro, creyendo —contra todo pronóstico— que aún vale la pena ser una buena persona.
Su madre se llamaría María y trabajaría donde pudiera. Su padre se llamaría José y viviría del rebusque. Como millones en este país. Ellos no salen en los discursos ni en los balances oficiales, pero sostienen la nación.
Porque en Colombia, el verdadero milagro no ocurre en los templos: ocurre cuando un niño logra llegar vivo a la adultez. Y ese milagro, todavía hoy, sigue siendo una deuda del Estado y una vergüenza colectiva.








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