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El Imperio, el Barrio y el Trombonista... Adiós al gran WILLY COLON.

  • Foto del escritor: EFRAIN MARINO
    EFRAIN MARINO
  • hace 10 horas
  • 2 Min. de lectura

Por: Efraín Marino Rincón

Presidente de Corprensa Colombia @corprensacol @efrainmarinojr

La muerte de Willie Colón no es sólo la partida de un músico, es el cierre simbólico de una época donde el barrio aprendió a hablar en clave de trombón y donde la identidad latina dejó de pedir permiso, pero cuando muere un gigante, también mueren las ganas de callar, y a mí no me gusta callar.

Hablar de Colón es hablar de Fania, y hablar de Fania no es sólo hablar de gloria, sino también de negocio. De contratos que hoy serían escándalo, de artistas que llenaban estadios mientras discutían regalías en oficinas pequeñas, de egos que ardían más que las luces del escenario, la salsa fue revolución cultural, sí. Pero también fue industria, y toda industria cobra factura.

Con Héctor Lavoe construyó una de las sociedades más brillantes y más dolorosas de la música latina. Uno era herida abierta; el otro, arquitectura sonora, uno cantaba desde el abismo; el otro dirigía desde la estrategia, era el sonido estridente del barrio, de la calle, un sello que marcó genialidad pura… y tensión inevitable.

Luego llegó Rubén Blades, ahora su sonido era más elegante y mezclaba los vientos con las cuerdas magistralmente, con su verbo político y su barrio ilustrado, el trombón volvió a cambiar de piel, la salsa dejó de ser sólo ritmo para convertirse en relato social, pero tampoco allí faltaron desacuerdos, cuando el talento es grande, el espacio se vuelve pequeño.

Podemos decirlo sin irrespetar "la memoria del muerto": hubo conflictos, hubo silencios, hubo rupturas, hubo sombras. Pero también hubo algo que hoy pesa más que cualquier polémica: legado.

Colón entendió antes que muchos que la música no sólo se toca, se posiciona, supo moverse entre el arte y el poder, supo cuándo retirarse del frente y cuándo volver a entrar con más fuerza, supo sobrevivir, y eso, en la historia de la salsa, no es poca cosa.

Hoy algunos querrán romantizarlo todo, otros querrán ajustar cuentas históricas sobre su nombre, yo prefiero incomodar con equilibrio: reconocer que la salsa fue imperfecta porque fue humana, que Fania fue imperio y fue barrio, que la gloria convivió con el conflicto. Pero también reconocer que sin ese trombón, nuestra identidad sonora sería más pequeña.

El escándalo pasa, el negocio cambia, la fama envejece, lo único que decide quién permanece es la huella. Y la huella de Willie Colón no está en los contratos ni en los rumores, está en cada esquina donde alguien, sin saber teoría musical, siente que la salsa le pertenece. Ahí es donde un artista se vuelve eterno, no porque haya sido perfecto, sino porque fue grande.


 
 
 

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