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CRÓNICA | LA RADIO EN COLOMBIA (((AL AIRE)))

  • Foto del escritor: EFRAIN MARINO
    EFRAIN MARINO
  • hace 4 días
  • 3 Min. de lectura

Por Efraín Marino. Presidente de Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol


Foto: Archivo Señal Memoria

La historia de la radio en Colombia no comenzó con un aparato, sino con una necesidad: la de escucharnos en medio de la distancia. En un país fragmentado por cordilleras y selvas, donde las noticias tardaban días en llegar y el Estado era una voz lejana, la radio se convirtió en puente, escuela y plaza pública.

El 5 de septiembre de 1929 nació HJN, la primera emisora oficial del país, antecedente de la hoy Radio Nacional de Colombia. Fue un acto casi ceremonial: la voz del Estado viajando por el aire, sin cables, hacia hogares que apenas empezaban a entender el milagro tecnológico que tenían frente a sí.

Tres meses después, el 8 de diciembre de 1929, surgió en la costa Caribe La Voz de Barranquilla, considerada la primera emisora comercial del país. Allí comenzó otra dimensión de la radio: la privada, la publicitaria, la que comprendió que el sonido también podía ser empresa.

En los años treinta y cuarenta la radio dejó de ser experimento para convertirse en industria cultural. Aparecieron cadenas que marcaron generaciones como Caracol Radio, fundada en 1948, y RCN Radio, que consolidó su red nacional en la misma época. Más adelante surgirían Todelar y la Organización Radial Olímpica, ampliando el espectro de voces y formatos.

La radio narró el 9 de abril de 1948 en tiempo real. Informó en medio de estados de sitio, transmitió desde la llegada del hombre a la luna, hasta goles que paralizaron ciudades, educó cuando no había escuelas suficientes y alfabetizó cuando la imprenta era privilegio urbano. En los campos, el transistor fue compañía y orientación, en las ciudades, el noticiero matutino marcó la agenda pública.

Hoy Colombia cuenta con cerca de 1.600 emisoras entre comerciales, comunitarias y públicas, según registros oficiales del Ministerio TIC. Esa cifra no es menor: habla de un país que aún se informa por ondas, que sigue confiando en la inmediatez del micrófono.

Pero la historia de la radio también es la historia de su transformación tecnológica. Pasó de la amplitud modulada (AM) y la frecuencia modulada (FM) a kbps digitales. De estudios análogos a consolas digitales. De torres físicas a plataformas en streaming. Y ahora enfrenta una nueva transición: la migración hacia la radio digital.

Países europeos como Noruega, pionera en 2017 al apagar progresivamente la señal nacional en FM para adoptar el estándar DAB (Digital Audio Broadcasting), y Países Bajos, que impulsa la expansión del DAB+ como alternativa al espectro tradicional, han iniciado un camino que redefine el futuro del medio.

Las razones son técnicas y económicas: mayor eficiencia en el uso del espectro electromagnético, mejor calidad de sonido, posibilidad de transmitir más contenidos en menos ancho de banda y reducción de costos operativos a largo plazo. También hay un debate ambiental: el uso más eficiente del espectro y la modernización de infraestructuras buscan reducir consumos energéticos y optimizar recursos tecnológicos.

La radio digital no elimina la esencia; transforma el vehículo. El dial ya no es solo una perilla: es una aplicación, un enlace, una señal híbrida que combina antena y datos móviles. El oyente ya no depende exclusivamente del transistor; ahora escucha desde su celular, su automóvil inteligente o su computador portátil.

Sin embargo, la pregunta histórica es otra: ¿qué se pierde cuando se apaga una frecuencia? ¿Qué ocurre con las comunidades rurales donde la conectividad aún es limitada? La transición tecnológica exige políticas públicas responsables que no dejen a nadie fuera del aire. La radio en Colombia no es un recuerdo romántico; es un sistema vivo que ha acompañado guerras, procesos de paz, crisis económicas y transformaciones culturales. Es archivo sonoro de la nación.

Hoy, 13 de febrero, cuando el mundo celebra el Día Mundial de la Radio —fecha proclamada por la UNESCO en 2011 y adoptada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 2012—, la reflexión no es nostálgica sino estratégica: la radio no muere, muta.

A los periodistas que madrugan antes del amanecer. A los técnicos que afinan la consola cuando nadie los ve. A las voces que acompañan al país en la madrugada o en la noche profunda. A quienes narran el gol, la tragedia o la esperanza. Gracias.


Porque mientras exista alguien dispuesto a escuchar, habrá una voz lista para salir al aire; y Colombia —aunque cambie la frecuencia— seguirá necesitando oírse.

 
 
 

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