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- El Senado de la República de Colombia condecora con la Orden de la Democracia, grado Gran Caballero, a la Maestra Astrid Galán Sepúlveda.
En una solemne ceremonia realizada el pasado viernes en el icónico Salón de la Constitución, el Senado de la República de Colombia otorgó la Orden de la Democracia en el grado de Gran Caballero a la Maestra y artista plástica Astrid Galán Sepúlveda, en reconocimiento a su invaluable aporte al arte, la cultura y la conciencia ambiental en Colombia. La distinción honra una trayectoria artística que ha trascendido los límites tradicionales de la creación plástica para convertirse en una experiencia viva de diálogo, encuentro y transformación social. A lo largo de su carrera, Astrid Galán ha desarrollado una obra que integra escultura, instalación y prácticas relacionales, generando conexiones profundas entre las personas, el territorio y la naturaleza. Entre sus series escultóricas más destacadas se encuentran “Madre Tierra”, “El viaje de Gopa Kumar” y “Manifiesto Megalodón”, proyectos que exploran la dimensión espiritual, ambiental y humana del planeta. Sus monumentos públicos e intervenciones participativas han convertido espacios urbanos en escenarios de reflexión colectiva, donde el espectador deja de ser pasivo para convertirse en protagonista del proceso creativo. Su proyecto emblemático, “Manifiesto Megalodón”, presentado en la COP16 en Cali y en escenarios académicos como la Universidad de los Andes, nació de una profunda investigación realizada junto al Museo de Ciencias Naturales de Nueva York y la Universidad de los Andes. Esta iniciativa integra arte, ciencia y educación ambiental, promoviendo una conciencia colectiva sobre la protección de los océanos y las especies marinas. Más allá de su obra artística, Astrid Galán ha dedicado décadas a la gestión cultural y a la formación de comunidades. Ha acompañado la creación de Casas de la Cultura en Cundinamarca y liderado proyectos orientados a niños y jóvenes de contextos vulnerables, convencida de que la creación es una poderosa herramienta de transformación social. Es fundadora de la Fundación Suárez Galán y de ASPA, Arte de Colombia para el Mundo, iniciativas desde las cuales ha impulsado procesos educativos y culturales a nivel nacional e internacional. Asimismo, se ha desempeñado como formadora artística y Concejala Cultural en Cundinamarca, promoviendo políticas públicas orientadas al fortalecimiento del desarrollo cultural comunitario. Durante el acto solemne, también se le dio la bienvenida oficial a la Maestra Astrid Galán Sepúlveda como miembro activo de Corprensa Colombia, corporación que le otorgó la Distinción HONORIS CAUSA en reconocimiento a su destacado aporte como gestora cultural y promotora del arte como herramienta de transformación social. La Orden de la Democracia en el grado de Gran Caballero representa uno de los más altos reconocimientos que otorga el Congreso de la República, y en esta ocasión resalta la coherencia entre arte, educación y responsabilidad social que caracteriza la obra de la Maestra Galán. https://youtu.be/MMswqJrSrCM?si=121xA-_ufvkzRlRk (Ver vídeo Condecoración) Próximamente, la artista estará exponiendo en la ciudad de Medellín su obra “Manifiesto Megalodón”, una experiencia inmersiva que invita al público a reflexionar sobre la protección de los océanos y la responsabilidad colectiva frente al cuidado del planeta. Con esta condecoración, el Senado exalta no solo su excelencia artística, sino su compromiso inquebrantable con la vida, la educación y la construcción de una sociedad más consciente y participativa. Corprensa Colombia Celular: +57 3157054927 Correo: corprensaindependiente@gmail.com Sitio web: www.corprensacolombia.com
- EDITORIAL | 18.677 INFANCIAS ARREBATADAS: EL LIMITE MORAL DEL ACUERDO DE PAZ.
Escultura IRREPARABLE, Reclutamiento Forzado Artista: Jhon Fitzgerald - El Escultor de la Paz Por: Efraín Marino Rincón. Presidente de Corprensa Colombia @corprensacol @efrainmarinojr. Colombia volvió a mirarse al espejo de su guerra. Y lo que vio fue el rostro de 18.677 niños. La reciente carta enviada por el antiguo secretariado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en la que reconocen haber reclutado al menos 18.677 menores de edad durante el conflicto armado, no es un hecho menor ni un gesto simbólico más dentro del proceso de justicia transicional. Es, en términos históricos y morales, una confesión que obliga al país entero. Durante décadas, el reclutamiento infantil fue denunciado por comunidades, organizaciones de derechos humanos y víctimas que gritaban en medio del silencio oficial y la indiferencia colectiva. Hoy, esa práctica deja de ser una disputa narrativa para convertirse en un reconocimiento formal: miles de niños y niñas fueron arrancados de sus hogares, convertidos en combatientes, mensajeros, informantes o víctimas de abusos físicos, psicológicos y sexuales bajo una estructura armada que los necesitaba para sostener la guerra. Pero el reconocimiento, aunque histórico, no es suficiente. Hablar de 18.677 menores reclutados es hablar de una política sistemática que atravesó generaciones, no se trató de hechos aislados ni de errores individuales, fue una práctica que, según los hallazgos de la JEP en el Caso 07, se extendió durante años y dejó heridas que aún supuran en las zonas rurales más golpeadas por la violencia. Para muchas víctimas, la infancia terminó el día que un fusil reemplazó el cuaderno, la adolescencia fue sustituida por marchas forzadas, órdenes militares y miedo constante, en el caso de muchas niñas, además, el horror incluyó violencia sexual, embarazos forzados y abortos impuestos. Son historias que no caben en una estadística, pero que ahora encuentran respaldo en una admisión oficial, y sin embargo, desde el lado de las víctimas, la carta genera sentimientos encontrados. Algunas ven en ella un paso necesario hacia la verdad, otras la consideran insuficiente, fría, distante, reclaman más que cifras: exigen nombres, contextos, responsabilidades individuales y, sobre todo, consecuencias claras, porque el perdón sin verdad plena es una forma de evasión, y la reconciliación sin justicia es apenas un discurso bien intencionado. La Jurisdicción Especial para la Paz enfrenta aquí una de sus pruebas más complejas, su mandato no es vengarse del pasado, pero tampoco puede relativizarlo, la justicia restaurativa exige reconocimiento temprano, reparación integral y garantías de no repetición; pero también exige sanciones propias que tengan un impacto real, visible y proporcional a la gravedad de los crímenes. Y aquí es donde el país debe ser firme: el reclutamiento de menores no es un delito político, es una violación grave al derecho internacional humanitario y a los derechos humanos, no admite justificaciones ideológicas ni atenuantes discursivos. Cuando se recluta a un niño, se rompe el pacto más básico de una sociedad civilizada. Las víctimas del reclutamiento no piden venganza. Piden algo más profundo: dignidad, quieren que el país reconozca que lo que vivieron no fue una anécdota de la guerra, sino una tragedia estructural, quieren acceso a salud mental, oportunidades educativas, reparación económica y acompañamiento real, quieren que sus testimonios no queden archivados en expedientes judiciales, sino que formen parte de la memoria colectiva. Y, sobre todo, quieren garantías de que ningún grupo armado —de ningún signo— vuelva a convertir la niñez en botín de guerra. En Colombia no puede existir ambigüedad frente a este crimen, los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás, no es una consigna romántica; es un principio constitucional y un mandato ético que está por encima de cualquier proyecto político, incluso por encima de la paz misma si esta pretende construirse sacrificando la justicia. Dieciocho mil seiscientos setenta y siete niños no son una cifra negociable. Son pupitres vacíos, son familias fracturadas, son vidas que jamás recuperarán la inocencia que les fue robada. La carta de las FARC abre una puerta, pero lo que ocurra ahora definirá si Colombia camina hacia una paz con justicia o hacia una reconciliación frágil sostenida por el olvido. La paz verdadera no se construye escondiendo el dolor debajo de la alfombra institucional, se construye mirándolo de frente, nombrándolo y asumiendo las consecuencias, porque cuando una nación permite que los crímenes contra sus niños queden impunes, no solo traiciona a las víctimas: compromete su propio futuro; y ese es un riesgo que Colombia no puede volver a correr.
- El Senado de la República y Corprensa Colombia entregan los Galardones a la Excelencia Periodística 2026
Bogotá, Colombia – 27 de febrero de 2026. (Via: @corprensacol) En el histórico Salón de la Constitución del Congreso de la República se llevó a cabo la solemne ceremonia de entrega de los Galardones a la Excelencia Periodística 2026, organizada por Corprensa Colombia, en un acto que reunió a líderes del periodismo, la cultura, la academia y la vida pública nacional e internacional. La jornada inició con el preludio musical a cargo del maestro Simón Moreno – Móragon. Bajo la conducción del comunicador internacional Leonardo Laurenti y el periodista Francisco Espinel, se dio apertura oficial a la ceremonia. Durante el acto se realizaron los honores protocolarios con la entonación del Himno Nacional de la República de Colombia y el Himno de Bogotá. Posteriormente, el senador José Vicente Carreño destacó la importancia del periodismo independiente como pilar fundamental de la democracia. Uno de los momentos más significativos fue la entrega de la Orden de Gran Caballero y Orden Encomendador, distinción otorgada por el Senado de la República en cabeza del senador José Vicente Carreño, como reconocimiento a ciudadanos cuya trayectoria ha impactado positivamente al país. • Dr. César Esteban Pardo Sarmiento • Dra. Yalenis Paola Mazón Esquivel • Dr. Eduardo Miguel Espitia Cabrales • Maestro Jhon Fitzgerald Serna • Dr. Juan Fernando Montañez • Mayor (r) Rubén Darío Gómez López • Maestra Astrid Galán Sepúlveda • Ing. Pablo Emmanuel Escobar Chavarriaga • Maestro Héctor Jorge Torres Gómez • Padre Harold de Jesús Castilla Devoz • Dr. Rafael Alfonso Macea Pertuz • Periodista Efraín César Marino Rincón En el bloque central se otorgaron reconocimientos a destacadas trayectorias nacionales e internacionales, incluyendo representantes de Conape Internacional (México). • Antonio Beltrán. Presidente Organización de Periodistas Independientes de Colombia OPICOL – Mejor Gestión Periodística Nacional • Augusto Gallo – A Toda una Vida. Director La Reina Internacional • Raúl González Nova – Presidente Conape Internacional (México) • José Luis Pérez Ramírez – Vicepresidente Conape Internacional (México) • Lorenzo Antonio Bermúdez Núñez – Delegado Conape Internacional (México) • Jose Ignacio Penagos. Director IFM Noticias – Mejor Medio Digital con Proyección Internacional • Informativo Aquí y Ahora – Politécnico Grancolombiano – Mejor Medio Universitario • Laura Enedriet Sánchez – Mejor Presentadora de Entretenimiento. Programa “La Estamos Pasando bueno”. • Basilio José Gámez López, Presidente de Red de Prensa Colombiana – A Toda una Vida • Jaime Fonseca Sosa – Presidente de Fundación Igualarte. Mejor Gestión Cultural y Social • José Libardo Guzmán Naranjo, Presidente de FenalPrensa – Mejor Gestión Periodística Regional. Se otorgó el Reconocimiento Especial a la Valentía al periodista Geiler Vázquez por su destacado cubrimiento y reportaje de campo por la ola invernal en Montería - Cordoba. Asimismo, se entregaron Galardones Honoris Causa a empresas y aliados estratégicos que apoyan la prensa independiente, así como certificados de Embajadores Culturales de Colombia ante el mundo, y se le dio la bienvenida a los nuevos miembros de Corprensa Colombia. La ceremonia culminó. con un brindis institucional, reafirmando el compromiso de Corprensa Colombia con la libertad de expresión, la unidad gremial y la dignificación del ejercicio periodístico. Corprensa Colombia Oficina de Comunicaciones WhatsApp +57 3157054927 corprensaindependiente@gmail.com www.corprensacolombia.com
- El Imperio, el Barrio y el Trombonista... Adiós al gran WILLY COLON.
Por: Efraín Marino Rincón Presidente de Corprensa Colombia @corprensacol @efrainmarinojr La muerte de Willie Colón no es sólo la partida de un músico, es el cierre simbólico de una época donde el barrio aprendió a hablar en clave de trombón y donde la identidad latina dejó de pedir permiso, pero cuando muere un gigante, también mueren las ganas de callar, y a mí no me gusta callar. Hablar de Colón es hablar de Fania, y hablar de Fania no es sólo hablar de gloria, sino también de negocio. De contratos que hoy serían escándalo, de artistas que llenaban estadios mientras discutían regalías en oficinas pequeñas, de egos que ardían más que las luces del escenario, la salsa fue revolución cultural, sí. Pero también fue industria, y toda industria cobra factura. Con Héctor Lavoe construyó una de las sociedades más brillantes y más dolorosas de la música latina. Uno era herida abierta; el otro, arquitectura sonora, uno cantaba desde el abismo; el otro dirigía desde la estrategia, era el sonido estridente del barrio, de la calle, un sello que marcó genialidad pura… y tensión inevitable. Luego llegó Rubén Blades, ahora su sonido era más elegante y mezclaba los vientos con las cuerdas magistralmente, con su verbo político y su barrio ilustrado, el trombón volvió a cambiar de piel, la salsa dejó de ser sólo ritmo para convertirse en relato social, pero tampoco allí faltaron desacuerdos, cuando el talento es grande, el espacio se vuelve pequeño. Podemos decirlo sin irrespetar "la memoria del muerto": hubo conflictos, hubo silencios, hubo rupturas, hubo sombras. Pero también hubo algo que hoy pesa más que cualquier polémica: legado. Colón entendió antes que muchos que la música no sólo se toca, se posiciona, supo moverse entre el arte y el poder, supo cuándo retirarse del frente y cuándo volver a entrar con más fuerza, supo sobrevivir, y eso, en la historia de la salsa, no es poca cosa. Hoy algunos querrán romantizarlo todo, otros querrán ajustar cuentas históricas sobre su nombre, yo prefiero incomodar con equilibrio: reconocer que la salsa fue imperfecta porque fue humana, que Fania fue imperio y fue barrio, que la gloria convivió con el conflicto. Pero también reconocer que sin ese trombón, nuestra identidad sonora sería más pequeña. El escándalo pasa, el negocio cambia, la fama envejece, lo único que decide quién permanece es la huella. Y la huella de Willie Colón no está en los contratos ni en los rumores, está en cada esquina donde alguien, sin saber teoría musical, siente que la salsa le pertenece. Ahí es donde un artista se vuelve eterno, no porque haya sido perfecto, sino porque fue grande.
- El CNE capacitó 254 consulados de Colombia en los cinco continentes sobre el uso de la Plataforma de Postulación y Acreditación de Actores Electorales.
Con el propósito de fortalecer la legitimidad y la transparencia del proceso electoral para los colombianos residentes en el exterior, el Consejo Nacional Electoral capacitó a las delegaciones diplomáticas en el manejo de la Plataforma de Postulación y Acreditación de Actores Electorales. Un total de 254 consulados de Colombia en los cinco continentes participaron en esta jornada, organizada teniendo en cuenta las diferencias horarias de cada región. Shanghái, Nueva York, Manila, Quito, Zúrich, Milán y Génova fueron algunos de los consulados presentes en estas sesiones. Durante estos espacios pedagógicos, los funcionarios consulares recibieron orientación detallada sobre el uso de la herramienta tecnológica que permitirá verificar, de manera ágil y segura, la acreditación de los actores electorales que participarán en las jornadas democráticas fuera del país. En la capacitación se socializaron los dos módulos principales de la plataforma: el módulo de Fuerza Pública, destinado al registro y control del ingreso de los actores electorales a los puestos de votación, y el módulo de testigos electorales, que permitirá registrar observaciones y posibles anomalías durante la jornada electoral, así como realizar la captura fotográfica del formulario E-14 al cierre de la votación en mesa. Asimismo, se abordaron aspectos operativos y normativos de la herramienta. También se explicaron los procedimientos de validación de información en tiempo real y se presentó el modelo de credencial digital de acreditación de actores electorales, con el fin de garantizar su correcta implementación en cada consulado. Con estas acciones, el Consejo Nacional Electoral reafirma su compromiso con la modernización del sistema electoral colombiano, mediante la implementación de herramientas tecnológicas que promuevan procesos electorales legítimos, transparentes y accesibles para los connacionales en el exterior.
- CRÓNICA | LA RADIO EN COLOMBIA (((AL AIRE)))
Por Efraín Marino. Presidente de Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol Foto: Archivo Señal Memoria La historia de la radio en Colombia no comenzó con un aparato, sino con una necesidad: la de escucharnos en medio de la distancia. En un país fragmentado por cordilleras y selvas, donde las noticias tardaban días en llegar y el Estado era una voz lejana, la radio se convirtió en puente, escuela y plaza pública. El 5 de septiembre de 1929 nació HJN, la primera emisora oficial del país, antecedente de la hoy Radio Nacional de Colombia. Fue un acto casi ceremonial: la voz del Estado viajando por el aire, sin cables, hacia hogares que apenas empezaban a entender el milagro tecnológico que tenían frente a sí. Tres meses después, el 8 de diciembre de 1929, surgió en la costa Caribe La Voz de Barranquilla, considerada la primera emisora comercial del país. Allí comenzó otra dimensión de la radio: la privada, la publicitaria, la que comprendió que el sonido también podía ser empresa. En los años treinta y cuarenta la radio dejó de ser experimento para convertirse en industria cultural. Aparecieron cadenas que marcaron generaciones como Caracol Radio, fundada en 1948, y RCN Radio, que consolidó su red nacional en la misma época. Más adelante surgirían Todelar y la Organización Radial Olímpica, ampliando el espectro de voces y formatos. La radio narró el 9 de abril de 1948 en tiempo real. Informó en medio de estados de sitio, transmitió desde la llegada del hombre a la luna, hasta goles que paralizaron ciudades, educó cuando no había escuelas suficientes y alfabetizó cuando la imprenta era privilegio urbano. En los campos, el transistor fue compañía y orientación, en las ciudades, el noticiero matutino marcó la agenda pública. Hoy Colombia cuenta con cerca de 1.600 emisoras entre comerciales, comunitarias y públicas, según registros oficiales del Ministerio TIC. Esa cifra no es menor: habla de un país que aún se informa por ondas, que sigue confiando en la inmediatez del micrófono. Pero la historia de la radio también es la historia de su transformación tecnológica. Pasó de la amplitud modulada (AM) y la frecuencia modulada (FM) a kbps digitales. De estudios análogos a consolas digitales. De torres físicas a plataformas en streaming. Y ahora enfrenta una nueva transición: la migración hacia la radio digital. Países europeos como Noruega, pionera en 2017 al apagar progresivamente la señal nacional en FM para adoptar el estándar DAB (Digital Audio Broadcasting), y Países Bajos, que impulsa la expansión del DAB+ como alternativa al espectro tradicional, han iniciado un camino que redefine el futuro del medio. Las razones son técnicas y económicas: mayor eficiencia en el uso del espectro electromagnético, mejor calidad de sonido, posibilidad de transmitir más contenidos en menos ancho de banda y reducción de costos operativos a largo plazo. También hay un debate ambiental: el uso más eficiente del espectro y la modernización de infraestructuras buscan reducir consumos energéticos y optimizar recursos tecnológicos. La radio digital no elimina la esencia; transforma el vehículo. El dial ya no es solo una perilla: es una aplicación, un enlace, una señal híbrida que combina antena y datos móviles. El oyente ya no depende exclusivamente del transistor; ahora escucha desde su celular, su automóvil inteligente o su computador portátil. Sin embargo, la pregunta histórica es otra: ¿qué se pierde cuando se apaga una frecuencia? ¿Qué ocurre con las comunidades rurales donde la conectividad aún es limitada? La transición tecnológica exige políticas públicas responsables que no dejen a nadie fuera del aire. La radio en Colombia no es un recuerdo romántico; es un sistema vivo que ha acompañado guerras, procesos de paz, crisis económicas y transformaciones culturales. Es archivo sonoro de la nación. Hoy, 13 de febrero, cuando el mundo celebra el Día Mundial de la Radio —fecha proclamada por la UNESCO en 2011 y adoptada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 2012—, la reflexión no es nostálgica sino estratégica: la radio no muere, muta. A los periodistas que madrugan antes del amanecer. A los técnicos que afinan la consola cuando nadie los ve. A las voces que acompañan al país en la madrugada o en la noche profunda. A quienes narran el gol, la tragedia o la esperanza. Gracias. Porque mientras exista alguien dispuesto a escuchar, habrá una voz lista para salir al aire; y Colombia —aunque cambie la frecuencia— seguirá necesitando oírse.
- EDITORIAL | NO ME GUSTA RESPETAR LA OPINIÓN DE LOS DEMÁS
Por: Efraín César Marino Rincón Presidente de Corprensa Colombia @corprensacol Ser periodista no es un título, ni una tarjeta de presentación, ni una biografía bien escrita, ser periodista es una forma de estar en el mundo, es cargar con historias ajenas como si fueran propias, caminar de noche con la libreta abierta y el alma alerta, escuchar lo que otros callan y narrarlo sin traicionar la verdad. Cada 9 de febrero, cuando se conmemora el Día del Periodista, no se celebra solo una profesión, se honra un compromiso, se recuerda un oficio que se ejerce con palabras, pero también con el cuerpo, con la conciencia y en demasiados casos, con la vida. No es una fecha para discursos cómodos ni para felicitaciones automáticas, sino para mirar de frente lo que significa informar en sociedades donde la verdad sigue siendo incómoda. El periodismo no se aprende del todo en las aulas, se aprende en la calle, en la mirada esquiva de una fuente que duda, en el silencio incómodo antes de una respuesta, en el temblor de las manos cuando se escribe una verdad que incomoda. Se aprende cuando uno entiende que preguntar también es un acto de valentía y que publicar implica asumir consecuencias. Hay pasión en este oficio, una pasión que no siempre paga bien, que a veces cobra en desvelos, amenazas o exilios forzados, pero que insiste. Porque el buen periodista no persigue aplausos: persigue sentido, persigue justicia, memoria y contexto, persigue que los hechos no mueran ahogados en la indiferencia. También hay honor, un honor silencioso, lejos de los reflectores, que se sostiene cuando nadie mira, el honor de no torcer una cita, de no vender una versión, de no usar el dolor como espectáculo. El honor de decir “no sé” cuando no hay certeza y de decir “no” cuando la presión aprieta, el honor de recordar que detrás de cada titular hay una vida, una familia, una historia irrepetible. Pero este oficio también está marcado por la ausencia, por los nombres que ya no están, por los periodistas que fueron silenciados para que otros entendieran el mensaje, a ellos se les debe mucho más que un homenaje simbólico, se les debe memoria, respeto y coherencia. Gracias a quienes dieron su vida, hoy los que quedamos aún podemos preguntar, escribir y publicar. La libertad de expresión que ejercemos no es gratuita: está escrita con sangre, con miedo vencido y con valentía extrema. El periodista es, casi siempre, un testigo incómodo, llega antes que la justicia y se va después de que la noticia deja de ser tendencia, está cuando el poder se siente intocable y cuando la víctima no tiene voz, por eso incomoda, por eso molesta, por eso es necesario. Y conviene decirlo sin eufemismos: el buen periodista no respeta la opinión de los demás; respeta el derecho de cada persona a opinar libremente, que es muy distinto. La opinión no es un dogma intocable ni un territorio sagrado, uando una opinión se construye sobre la mentira, el abuso, la discriminación o la corrupción, el deber del periodista no es callar por falsa cortesía; es cuestionar, contrastar, denunciar y argumentar, porque esa —aunque incomode— es su labor. El periodismo, además, es profundamente humano, es dudar, equivocarse y corregir, es volver a casa con más preguntas que respuestas, es escribir con rabia contenida, con compasión lúcida y con respeto. Porque informar no es deshumanizar; es devolverle rostro a lo que otros prefieren reducir a cifras. Ryszard Kapuściński lo dijo con una claridad que hoy resulta urgente: “para ser buen periodista, primero hay que ser buena persona”. Esa frase no es un eslogan ni una consigna romántica; es una advertencia ética, sin empatía no hay contexto, sin honestidad no hay verdad, sin humanidad, el periodismo se vacía. Hoy, cuando la velocidad compite con la verdad y la opinión se disfraza de noticia, el periodismo tiene una responsabilidad mayor: resistir. Resistir a la mentira fácil, al clic vacío y al ruido sin contexto, resistir honrando a quienes ya no están, ejerciendo el oficio con la dignidad que ellos defendieron hasta el final. Este 9 de febrero no basta con celebrar, es necesario reafirmar el compromiso. Felicitar a quienes siguen creyendo en el periodismo como servicio público, pero también exhortarnos —con humildad y firmeza— a ser mejores personas para ser mejores periodistas. La ética periodística no se negocia, se honra, se practica todos los días, incluso cuando cuesta. Especialmente cuando cuesta, porque sin ética no hay periodismo, solo propaganda, y sin periodistas éticos, la sociedad camina a ciegas. Contar bien las historias sigue siendo un acto de servicio, y hacerlo con verdad, pasión, memoria, humanidad y honor sigue siendo —pese a todo— una forma profundamente digna de vivir.
- BOGOTÁ ESTÁ SOLA Y ALGUIEN TIENE QUE DECIRLO
Por: José Jaime Uscátegui Candidato a la Cámara de Representantes por Bogotá – Centro Democrático #102 Bogotá no está en guerra, pero tampoco está en paz, está sola. Sola cuando una madre ve salir a su hijo y no sabe si regresa. Sola cuando un comerciante paga extorsión para no perder lo poco que ha construido. Sola cuando un ciudadano denuncia y descubre que el sistema no responde. Desde hace meses camino la ciudad y escucho siempre lo mismo: “Aquí nadie nos cuida”. No es una consigna política, es un grito contenido. Bogotá se cansó de explicaciones, diagnósticos y excusas, la gente quiere volver viva a su casa, así de simple, así de urgente. Por eso decidí dar un paso al frente y promover un cabildo abierto para discutir la asistencia militar en Bogotá. No desde la comodidad de un escritorio, sino desde la realidad que se vive en las calles y lo digo sin rodeos: la ciudad está desbordada y el Estado está llegando tarde. A algunos les incomoda la palabra “Ejército”. Prefieren debates semánticos mientras los delincuentes avanzan, yo prefiero hablar de víctimas, de prevención y de responsabilidad, la asistencia militar no es una invención ni una amenaza a la democracia, es una herramienta legal, constitucional y excepcional para cuando la Policía, sola, no da abasto. No estamos proponiendo tanques en los parques ni soldados sustituyendo a la Policía, eso es una caricatura malintencionada, estamos hablando de apoyo estratégico, temporal y focalizado, con reglas claras, mando civil y control institucional, lo que sí es inaceptable es seguir mirando para otro lado mientras la criminalidad se toma barrios enteros. He escuchado decir que esto “no resuelve las causas estructurales”, puede ser cierto, pero tampoco las resuelve dejar a la gente indefensa. La seguridad no es el punto final del desarrollo, es el punto de partida, sin seguridad no hay educación, no hay empleo, no hay dignidad posible. Yo no hablo de seguridad desde la teoría, hablo desde la experiencia, desde el conocimiento del Estado, desde la convicción de que el orden también es un acto de justicia social. El primero que sufre la inseguridad no es el privilegiado, es el trabajador, el joven del barrio popular, la mujer que regresa sola de noche. Hoy Bogotá necesita representantes que no le tengan miedo a las decisiones difíciles, que no se escondan detrás de discursos tibios, que entiendan que gobernar y legislar no es agradar a todos, sino proteger a la mayoría, por eso aspiro volver a llegar a la Cámara de Representantes por Bogotá, por el Centro Democrático, con el número 102. No para hacer política desde el aplauso fácil, sino desde la firmeza como lo hemos venido haciendo, no para justificar el caos, sino para enfrentarlo, no para normalizar la violencia, sino para detenerla. Votar por mí es votar por una Bogotá que no se rinde, es votar por un Estado que vuelve a ejercer autoridad, es votar por el derecho a vivir sin miedo. Bogotá no necesita más silencio, necesita decisiones, y necesita quién las defienda.
- EDITORIAL | LAS DOS CARAS DE UNA CAÍDA
Por: Efraín Marino. Presidente de Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol Las imágenes dieron la vuelta al mundo, venezolanos celebrando en plazas de Madrid, Miami, Bogotá, Santiago, Buenos Aires, etc. Abrazos, banderas, lágrimas, el fin de una dictadura que parecía eterna. Para la diáspora, la noticia fue una descarga emocional largamente contenida: la sensación de que por fin, algo se movía. Pero hubo una ausencia que lo dijo todo: en Venezuela no hubo celebraciones en las calles, no porque no haya alegría, la hay; profunda, silenciosa. No porque no haya esperanza, la hay; pero cautelosa, porque el miedo sigue ahí. El poder no se evaporó con la captura del dictador, cambió de forma, pero no de manos; y esa es la verdad incómoda que pocos quieren escuchar. La razón corta, la que nadie quiere oír, es esta: El poder real todavía lo tiene el chavismo armado, no la oposición civil, y en transiciones duras no se negocia con quien tiene razón moral, sino con quien puede apagar o prender el incendio. Por eso, mientras el mundo celebra, Venezuela espera. Se ha dicho que la incursión militar, no fue un ataque al país, sino una acción focalizada contra Nicolás Maduro y su esposa; quien, según versiones diplomáticas, tuvo múltiples oportunidades de una salida negociada y las rechazó. La operación evitó, en gran medida, un daño masivo a civiles. Eso explica parte del alivio popular. Porque aquí aparece la segunda cara de la noticia. En medio de este reordenamiento, Donald Trump afirmó públicamente que Estados Unidos se hará cargo de Venezuela durante el proceso de transición, priorizando la explotación petrolera, descartando nuevos ataques por ahora, pero advirtiendo que están listos para escalar la ofensiva si lo consideran necesario, eso ya no suena a liberación, suena a control. Y es ahí donde la lógica deja de ser épica y se vuelve fría. Muchos se preguntan por qué Delcy Rodríguez, la vicepresidenta que puso Trump, aparece sentada en la mesa de negociación, mientras María Corina Machado no. La respuesta no es ideológica, es estratégica. Delcy representa lo que hoy se necesita para evitar el colapso inmediato: continuidad administrativa (ministerios, PDVSA, puertos, bancos), un canal con el poder duro (militares, inteligencia, colectivos), y la capacidad de entregar algo concreto: información, órdenes, desmovilización, no es simpatía, es utilidad. María Corina, en cambio, tiene legitimidad, respaldo popular, votos. Pero no controla armas, territorio ni logística, ni puede garantizar que mañana no estalle la violencia; y en esta fase, eso pesa más que la razón moral. Edmundo González ocupa otro lugar: símbolo electoral, figura de consenso civil, pero no operador de poder, sirve para después, no ahora donde hay que apagar el incendio. La transición —si realmente avanza— sigue una lógica conocida, aunque duela aceptarla: Primero, control del caos: se habla con quienes pueden desatar o frenar la violencia; luego, reacomodo del poder: entran civiles y técnicos. Al final, legitimación: elecciones, liderazgos democráticos, representación, el error emocional es creer que al caer Maduro “ahora mandan los buenos”. No. Primero mandan los que evitan que el país se queme, después, los que pueden gobernar, y al final, los que pueden representar. Esto no significa que María Corina esté fuera; significa que no es la carta de esta jugada, sino de la siguiente, sacarla del tablero sería alarmante. No incluirla ahora es parte “cruda” de la secuencia. Por eso el pueblo venezolano celebra lejos, pero calla en casa, porque sabe que el régimen cayó, pero el sistema aún respira. Y mientras se habla de petróleo, de control transitorio y de ofensivas listas, queda una pregunta que no admite evasivas: ¿Qué pasará con Diosdado Cabello, Vladimir Padrino, Delcy Rodríguez y los hermanos Rodríguez, actores centrales de la crisis humanitaria? ¿Y qué lugar ocuparán Edmundo González y María Corina Machado cuando llegue el momento de devolverle la voz al país? La historia, como siempre, no empieza donde uno quiere, empieza donde puede.
- CRÓNICA | AÑO NUEVO, VIDA NUEVA: LECCIONES FRENTE A UNA FOGATA QUE NO ERA REAL.
Por: Efraín Marino @efrainmarinojr @corprensacol La foto fue tomada un 30 de diciembre, en mi apartamento de ciudad, cuando el año se despedía sin ruido y la vida todavía no nos había pasado la factura completa. No había una fogata real, lo que aparece al fondo es un televisor gigante proyectando un video de leños ardiendo, queríamos simular el calor del hogar y funcionó. Lo curioso es que, aunque el fuego era falso, el calor se sentía de verdad, tal vez porque lo importante nunca fue la imagen, sino la compañía. Éramos cuatro, yo era el menor, y sin que nadie lo dijera, el alumno. El mayor era Hernando Rincón, boyacense, camisa azul, cuello rojo, voz de radio antigua, de esas que no se aprenden: se heredan con los años. Más de cincuenta años al aire, medio siglo contando el país cuando todavía se escuchaba con atención. Hernando hablaba con tono grave, despacio, como quien sabe que las palabras pesan más cuando no se apuran. A la izquierda de la foto, de pie, estaba Manuel Novoa, bogotano, camisa azul, sirviendo el vino como si repartiera una primicia. Periodista de prensa escrita, director de la agencia de noticias Caribe Press. Metódico, exacto, amante de las referencias precisas. Siempre aclaraba —entre risas— que aunque apareciera a la izquierda, de izquierdas no tenía nada, que esa mano solo la usaba, según él, para ir al baño, así era Manuel: serio con el oficio, ligero e irónico con la vida. Sentado, con lentes y mirada atenta, estaba Erasmo Guaqueta, también bogotano. Director del Periódico Pregón Distrital, especialista en política y opinión, hombre de argumentos largos y silencios oportunos. Bien vestido y caballero, Erasmo no hablaba para figurar, hablaba para ordenar la conversación, cuando lo hacía, uno sabía que valía la pena escucharlo completo. Y a la derecha estaba yo. Efraín Marino, barranquillero, el menor. El que escuchaba más de lo que hablaba, el que esa noche no sabía que estaba recibiendo una lección que el tiempo no repetiría. Entre copas de vino, risas tranquilas y la falsa fogata encendida, sonó la canción “Año Nuevo, Vida Nueva “, y alguien lanzó la pregunta que suele aparecer cada diciembre, casi por costumbre: —¿Qué significa eso de “Año Nuevo, vida nueva”? Manuel experto en deportes y música tropical respondió primero. Siempre tenía un dato guardado. —Eso es de la Billo’s Caracas Boys, dirigida por Billo Frómeta, venezolano, y compuesta por Pedro Juan Meléndez Comas, colombiano. Y como si el recuerdo obedeciera, se escucho la letra, esa que muchos cantan sin escucharla del todo: … “Más alegre los días serán… Año Nuevo, Vida Nueva con salud y con prosperidad” Después habló Erasmo, con ese tono suyo, más reflexivo. —Para mí —dijo—, Año Nuevo, vida nueva es la oportunidad que nos da la vida cada año para hacer las cosas que quedaron pendientes el año pasado. Era una definición sobria. Sin adornos, como una columna bien escrita. Finalmente habló Hernando. El más viejo. El más sabio. El primero que ya no está. —Si queremos una vida nueva —dijo—, no podemos seguir haciendo lo mismo, porque entonces tendremos una vida igual. Si de verdad queremos algo diferente, tenemos que hacer cosas diferentes. No levantó la voz, no hizo énfasis, no necesitó hacerlo. Esa frase se quedó flotando, como el humo que la pantalla fingía proyectar. Yo no opiné, no corregí, no añadí nada, solo levanté la copa en hice el brindis. Aprendí en silencio, como se aprende cuando uno sabe que está frente a maestros. No sabíamos —ninguno lo sabía— que seis años después Hernando sería el primero en irse, que luego marcharía Manuel, que Erasmo sería el último en partir. Y que yo quedaría aquí, con la tarea más difícil: recordarlos y no dejar morir lo que me enseñaron. Hoy miro la foto y entiendo que no era una reunión cualquiera, era una clase, una conversación que hoy vale más que cualquier titular, una lección frente a una fogata que no era real, pero que nos dio calor del bueno. Hoy, recordando esta foto que Facebook trajo de vuelta a mi memoria, quiero vivir lo que me quede de vida como si fuera una canción y disfrutarla a cada instante, como me enseño Manuel… haciendo las cosas que siempre quise hacer y que luego pospuse, dejé pendientes, archivé para después, como aprendí de Erasmo, entendiendo que cada año es una oportunidad para cerrar ciclos abiertos con uno mismo. Y como diría Hernando, atreviéndome a vivir diferente si de verdad quiero resultados diferentes. En la foto solo quedé yo para contar la historia. Y quiero hacerlo bien, como me enseñaron ellos, mis amigos, mis maestros, los hermanos que me dio la vida.
- EDITORIAL | SI EL NIÑO DIOS FUERA COLOMBIANO.
Por: Efraín Marino @efrainmarinojr | @corprensacol Si el Niño Dios fuera colombiano, no nacería de madrugada entre ángeles. Nacería de noche, cuando el campo guarda silencio y la tierra parece contener la respiración. Nacería en una vereda sin nombre, en una casa de madera cansada, con techo de zinc agujereado por la lluvia y por la guerra. Nacería donde nacen los niños que aprenden primero a resistir y después, si sobreviven, a soñar. Sería un niño campesino, de esos que caminan descalzos sobre la tierra caliente y saben distinguir el sonido del viento del sonido de un fusil. Aprendería temprano a no preguntar demasiado. Su cuna sería una hamaca vieja, balanceada no por ternura sino por la incertidumbre. Su madre tendría las manos ásperas, la mirada firme y el miedo bien administrado, porque en Colombia el miedo no se elimina: se administra para seguir vivos. Crecería rodeado de otros niños resilientes, niños con ojos grandes y silencios profundos. Jugarían a la pelota cerca del maizal, pero sabrían exactamente hasta dónde pueden correr. Entenderían, sin que nadie se los explique, que hay caminos prohibidos, palabras que no se dicen y nombres que no se repiten. Aquí la infancia no siempre se rompe de golpe; a veces se va desgastando lentamente. La violencia no llegaría anunciándose. Llegaría como llega siempre: caminando despacio, prometiendo futuro. El reclutamiento forzado sería una sombra larga al caer la tarde, adultos midiendo estaturas, contando edades, calculando destinos. En Colombia no se llevan niños: se los van robando por dentro, hasta que un día ya no regresan a casa. Si el Niño Dios fuera colombiano, aprendería pronto que hay decisiones que no se toman, se imponen. Que huir también es una forma de amor y que quedarse puede ser una sentencia. Conocería el desplazamiento sin ceremonias, como se conocen las cicatrices. Vería a su familia empacar la vida en costales, abandonar la tierra sembrada con años de trabajo y dejar atrás a los muertos sin tumba y a los recuerdos sin justicia. Cambiaría el verde del monte por el gris de una ciudad hostil. Pasaría del canto del gallo al ruido permanente, del horizonte abierto al hacinamiento. Aprendería que el desarraigo no es solo perder la tierra: es perder el nombre, la historia y el lugar en el mundo. Pero si el Niño Dios fuera colombiano, también heredaría la terquedad sagrada del campesino. Esa que no se rinde aunque le quemen la casa. Esa que vuelve a sembrar donde hubo sangre. Esa que reconstruye con fe bruta y esperanza silenciosa. El campesino colombiano no cree en finales felices; cree en seguir. Aquí la fe no es una oración, es un acto cotidiano de resistencia. Creer es levantarse después de la masacre, volver al surco, criar hijos en medio de la amenaza y, aun así, enseñarles a no odiar. Si el Niño Dios fuera colombiano, no traería promesas rápidas ni salvaciones limpias. Vendría a habitar la noche, a caminar con los que no aparecen en las estadísticas, con los niños que crecieron demasiado pronto y con los campesinos que se negaron a desaparecer. Y si el Niño Dios fuera colombiano, el milagro sería el mismo de siempre: silencioso, incómodo, persistente. Estaría en cada niño que logra salvarse del reclutamiento forzado, en cada infancia que no es robada, en cada muchacho que crece sin un fusil al hombro, creyendo —contra todo pronóstico— que aún vale la pena ser una buena persona. Su madre se llamaría María y trabajaría donde pudiera. Su padre se llamaría José y viviría del rebusque. Como millones en este país. Ellos no salen en los discursos ni en los balances oficiales, pero sostienen la nación. Porque en Colombia, el verdadero milagro no ocurre en los templos: ocurre cuando un niño logra llegar vivo a la adultez. Y ese milagro, todavía hoy, sigue siendo una deuda del Estado y una vergüenza colectiva.
- Crónica | David José Valencia Campo: el candidato que quiere potenciar con el nuevo talento, el día y la noche de la ciudad de Bogotá.
Por: Efraín Marino – Presidente Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol En una ciudad donde el reloj nunca se detiene y las tensiones entre el caos y la creatividad conviven en cada esquina, emerge una figura que habla con soltura tanto de indicadores como de arte callejero; de presupuestos, pero también de talento local. David José Valencia Campo, candidato a la Cámara por Bogotá (#101 del Partido Conservador), ha construido un discurso que no suena a libreto político, sino a mapa de ciudad: uno donde la cultura, la administración eficiente y la seguridad no son departamentos aislados, sino engranajes de un mismo futuro. Su juventud es evidente, pero no es el pretexto: es el impulso. Valencia pertenece a una generación que entiende que Bogotá no solo se gobierna desde oficinas de día, sino también desde calles que palpitan de noche. Por eso habla con determinación de una idea que, hasta hace poco, parecía remota: una Bogotá 24 Horas, real, estructurada y segura, guiada por políticas modernas de movilidad, empleo nocturno, vigilancia y convivencia. En su propuesta se destaca la creación de un Alcalde de la Noche, figura presente en ciudades como Ámsterdam, Nueva York o Berlín, responsable de coordinar el ecosistema nocturno y convertirlo en motor económico y cultural. En sus caminatas por barrios tradicionales y sectores vibrantes, Valencia repite una frase que ya se volvió marca personal: “La noche no es un problema, es una oportunidad”; y para él esa oportunidad se traduce en crecimiento económico, empleos para jóvenes, dinamización del turismo, y —sobre todo— una convivencia mejor regulada y más segura. Pero su mirada no termina ahí, si algo distingue a Valencia Campo es su convicción de que la cultura no es un lujo, sino una herramienta de transformación social; cree, sin timidez, que apoyar al artista emergente es también política pública, desde los grafiteros y muralistas que colorean la ciudad, hasta los músicos, bailarines, actores y creadores de contenido que buscan oportunidades, su propuesta es clara: Bogotá necesita mecanismos reales de fomento cultural, espacios para la creación, estímulos transparentes y una red de apoyo para que el talento no se pierda entre la burocracia. Durante un encuentro con jóvenes en la localidad de Suba, un muchacho le mostró sus canciones grabadas en un celular desgastado. Valencia lo escuchó completo. No lo interrumpió, no posó para la foto; y cuando terminó, solo dijo: “Si la ciudad no es capaz de escuchar su propio talento, ¿a qué aspira?”. Detrás de la frase hay una convicción genuina: fortalecer el ecosistema artístico puede ser también una estrategia de seguridad, de identidad y de reconstrucción de tejido social. Valencia combina ese espíritu cultural con su sello técnico. Es administrador en el fondo y en la forma: piensa en metas claras, en indicadores, en presupuestos que funcionen, si promete una Ley de la Noche, La Ley del Artista; lo hace con estructura: horarios escalonados, protocolos de cuidado, formalización de oficios nocturnos, fortalecimiento del turismo responsable y articulación entre Policía, comerciantes y ciudadanía. En un país fatigado de discursos sin sustento, sorprende su manera de aterrizar las ideas: con números, con rutas, con proyecciones, sin grandilocuencias; allí se refleja la mezcla que lo distingue: liderazgo joven, talento político, sensibilidad cultural y disciplina administrativa. Mientras otros candidatos repiten lugares comunes, José David Valencia Campo avanza con una propuesta que entiende la ciudad como un organismo vivo, una Bogotá que crea, que trabaja, que suena, que sueña… de día y de noche. El C-101 en el tarjetón podría ser uno más, pero detrás está un candidato que insiste, sin cliché y sin temor, en que el futuro de Bogotá también se escribe cuando cae el sol; y que si se administra bien —con talento, orden, cultura y visión— esa Bogotá nocturna puede convertirse en el motor que la capital lleva años esperando. Redes Sociales : https://www.facebook.com/share/1DCUGLK7iB/ https://x.com/DavidJoseVC https://www.instagram.com/davidjosevc?igsh=MXUyYzU2NXF1c243Nw== https://www.tiktok.com/@davidvalenciacampo?_r=1&_t=ZS-92FwpX9SoSd











