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JULIO CÉSAR Y LA BAILARINA.

  • Foto del escritor: EFRAIN MARINO
    EFRAIN MARINO
  • 24 jul 2025
  • 2 Min. de lectura

Crónica | "Julio César y la eterna bailarina”

This Is 42nd Street – Times Square, Nueva York

Por: @efrainmarinojr

Tomado del libro: “Historias de la Noche 2”


En los intestinos del metro de Nueva York, donde Manhattan se desviste del glamour y se muestra como es: cruda, ruidosa, apurada; hay un rincón donde la muerte baila con la vida, o al menos eso ocurre cuando aparece Julio César Díaz, con su inseparable compañera: Lupita.

A esa hora en la que todo el mundo corre, esquiva, esquiva y corre, él baila; con paso firme, elegante, casi teatral, se abre espacio entre la multitud que se apretuja en los pasillos de Times Square o Penn Station. No necesita escenario, porque el suelo del metro le basta. No necesita luces, porque el mismo brilla, lleva su propia chispa encendida en los ojos.

Julio César es colombiano, pero su acento ha sido moldeado por cinco décadas de metrópolis. Su arte comenzó hace más de 55 años, cuando decidió que su alma no podía permanecer quieta; así nació Lupita, una muñeca esqueleto que él mismo confeccionó con paciencia de orfebre y alma de trovador. Lupita no habla, pero baila. Baila con gracia macabra, con ritmo latino, con la nostalgia de los carnavales costeños y la cadencia de la salsa vieja.

En un mundo donde los artistas callejeros de “showtime” se lanzan de los tubos del vagón, giran, caen, gritan, él solo baila. Con un respeto reverencial por la música, por el folclor, por la muerte misma. Porque Lupita, dice Julio César, "muere todas las noches conmigo y resucita cuando me levanto".

La frase parece un verso sacado de algún bolero triste, pero no, es su realidad; una que vive cada día entre el paso apurado de turistas, oficinistas y vendedores ambulantes. La rutina de Julio César no es solo entretenimiento: es una ofrenda, a su historia, a su gente, a los que se fueron y a los que nunca regresaron.

Julio César y Lupita no siempre han tenido un camino fácil. A pesar de ser una figura reconocida en los túneles del metro, ha tenido que enfrentar la dureza de la ciudad: permisos negados, indiferencia de las autoridades, problemas de salud y la incertidumbre constante de no tener seguro médico, aun así, sigue; porque cada vez que suena la música, él revive… y Lupita también.

Algunos lo ven como un loco tierno., otros como una postal triste, pero quien se detiene, quien lo mira de verdad, descubre una joya humana en medio del concreto, un artista con alma de niño y corazón de trovador que no le baila al dinero, sino a la memoria.


Y así, en el rincón más inesperado del metro neoyorquino, la muerte baila con la vida al ritmo de un son, y lo hace gracias a un colombiano que decidió no dejar morir sus raíces… ni a Lupita.

 
 
 

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