EL ESPEJISMO DEL DOLAR BARATO.
- EFRAIN MARINO
- 9 jul
- 4 min de lectura
Por Efraín Marino. Presidente de Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol

En Colombia tenemos la costumbre de medir el estado de la economía mirando una sola cifra, el precio del dólar, si sube, cunde el pesimismo, si baja, aparecen los mensajes de celebración, los titulares optimistas y la sensación de que el país finalmente encontró el camino correcto, pero la economía no funciona con emociones, funciona con equilibrios, y el dólar barato, aunque seduce a primera vista, también puede esconder un costo silencioso que pocos alcanzan a percibir.
Hoy la Tasa Representativa del Mercado, TRM, se ubica en 3.339,65 pesos por dólar, uno de los niveles más bajos registrados en los últimos años, una cifra que fortalece al peso colombiano y modifica el comportamiento de toda la economía nacional, un escenario que para muchos representa una buena noticia, pero que también plantea enormes desafíos para un país cuya economía sigue dependiendo, en buena medida, de las exportaciones y del ingreso de divisas.
Es cierto, un dólar barato representa alivio para quienes importan mercancías, para las empresas que compran maquinaria, equipos, medicamentos, tecnología y materias primas en el exterior, para los viajeros que planean vacaciones fuera del país y para el propio Estado, que necesita menos pesos para atender parte de su deuda denominada en dólares, además, una moneda estadounidense más débil ayuda a contener el precio de numerosos productos importados y reduce presiones sobre la inflación.
Sin embargo, Colombia no vive únicamente de las importaciones, este país también produce, exporta y trabaja, miles de familias dependen del café que cruza los océanos, de las flores que cada madrugada salen desde la Sabana de Bogotá hacia Norteamérica y Europa, del banano, del aguacate Hass, del petróleo, del carbón y de decenas de productos que generan divisas para sostener buena parte de la economía nacional, cuando el dólar pierde valor frente al peso, esos sectores reciben menos ingresos por exactamente el mismo volumen de ventas, trabajan igual, producen igual, exportan igual, pero ganan menos.
Las cifras ayudan a entender la dimensión del problema, cerca de la mitad de las exportaciones colombianas continúan concentradas en el sector minero-energético, mientras que productos agrícolas como el café y las flores siguen siendo pilares fundamentales de las ventas externas, cualquier reducción significativa en la tasa de cambio termina afectando la rentabilidad de miles de productores, empresarios y trabajadores que viven de esos mercados internacionales.
La contradicción resulta inevitable, mientras una familia celebra porque el computador o el teléfono celular importado bajó de precio, otra recibe menos dinero por la cosecha que exportó durante meses, mientras un turista compra dólares para viajar más barato, un caficultor hace cuentas para saber si podrá sostener la nómina de sus trabajadores, esa es la otra cara de una moneda que pocas veces aparece en los titulares.
También están los millones de colombianos que dependen de las remesas enviadas desde Estados Unidos, España y otros países, el esfuerzo de quienes trabajan lejos de sus familias sigue siendo exactamente el mismo, pero al convertir esos dólares en pesos colombianos, el dinero rinde menos, una diferencia que termina sintiéndose en el mercado, en el arriendo, en los servicios públicos y en los gastos cotidianos.
Por eso me preocupa cuando algunos intentan convertir la caída del dólar en una victoria política o, por el contrario, en un fracaso de sus adversarios, sería desconocer cómo funciona la economía mundial, el comportamiento del dólar responde a factores internacionales como las decisiones de la Reserva Federal de Estados Unidos, la evolución de las tasas de interés, el movimiento de los mercados financieros, el precio internacional del petróleo, el ingreso de inversión extranjera y las expectativas sobre las economías emergentes, entre ellas la colombiana, atribuir todo ese fenómeno a un solo gobierno sería una simplificación que termina desinformando a la opinión pública.
La verdadera discusión debería ser mucho más profunda, ¿por qué seguimos dependiendo tanto del comportamiento de una moneda extranjera?, ¿por qué una variación en el dólar tiene la capacidad de alterar el ánimo de consumidores, empresarios, inversionistas y del propio Gobierno?, quizá porque durante décadas Colombia no ha logrado consolidar un aparato productivo suficientemente diversificado, seguimos exportando principalmente materias primas e importando buena parte de la tecnología y de los bienes con mayor valor agregado, mientras esa realidad no cambie, continuaremos celebrando o lamentando aquello que ocurra en los mercados internacionales, sin tener realmente el control de nuestro propio destino económico.
No necesitamos un dólar eternamente alto ni artificialmente bajo, necesitamos una economía fuerte, competitiva, innovadora y capaz de generar riqueza sin depender de la volatilidad de una sola moneda, una economía donde el éxito del importador no represente el fracaso del exportador, donde el campesino, el industrial, el empresario, el comerciante y el consumidor puedan crecer al mismo tiempo.
Las monedas suben y bajan como las mareas, los mercados celebran hoy lo que mañana lamentarán, los gobiernos pasarán, las cifras cambiarán y los titulares se olvidarán, pero mientras Colombia siga dependiendo más de lo que compra que de lo que transforma, seguiremos mirando cada mañana el precio del dólar como quien consulta un oráculo, cuando la verdadera respuesta siempre ha estado en otro lugar, producir más, innovar mejor y construir una economía que no tiemble cada vez que una moneda extranjera decide cambiar de rumbo.






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