EDITORIAL | PALO PORQUE BOGAS Y PALO PORQUE NO BOGAS.
- EFRAIN MARINO
- hace 4 minutos
- 5 min de lectura
"Cuando la tragedia también se convierte en munición política”.

Por: Efraín Marino. Presidente de Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol
Hay momentos en los que un país debería aprender a guardar silencio, mirar el dolor de sus ciudadanos y preguntarse, antes de lanzar una crítica, una pregunta mucho más sencilla: ¿qué puedo hacer para ayudar?
Colombia acaba de vivir una tragedia que no distingue partidos, ideologías, regiones ni apellidos, un terremoto que ha dejado muerte, destrucción, familias sin hogar y miles de personas intentando reconstruir sus vidas mientras todavía procesan emocionalmente lo ocurrido.
Y, sin embargo, en medio de semejante dolor, volvimos a caer en nuestra vieja enfermedad nacional: la política por encima de todo.
Si el Gobierno actúa, lo critican, si no actúa, también, si lleva alimentos, preguntan por qué esos alimentos, si lleva médicos, cuestionan las fotografías, si anuncia viviendas, dicen que es propaganda, y ahora, porque lleva balones para los niños, aparece nuevamente la indignación política.
“Palo porque bogas y palo porque no bogas”, decía mi abuela …
¿De verdad el problema son los balones?
En las últimas horas se ha generado una fuerte controversia alrededor de unos balones entregados a niños en Buenaventura, algunos de ellos con elementos gráficos asociados al partido y a la campaña política del actual presidente.
La imagen ha servido para alimentar una nueva batalla en redes sociales, con críticas de sectores de oposición que consideran que una emergencia humanitaria no debe utilizarse para exhibir publicidad política.
La discusión sobre la utilización de símbolos partidistas, por supuesto, es legítima y merece ser examinada con seriedad, pero hay otra pregunta que también deberíamos hacernos:
¿Qué hacemos con los niños?
Porque ellos también son víctimas, ellos también sintieron el miedo, ellos también vieron caer casas, escucharon gritos, perdieron familiares, cambiaron sus rutinas y, en muchos casos, todavía duermen con el temor de que la tierra vuelva a moverse, después de una tragedia de esta magnitud, la atención psicológica y el acompañamiento emocional no son asuntos secundarios; y el juego también puede ser una forma de recuperar, aunque sea por algunos minutos, la infancia que el desastre les arrebató.
La polémica ha tomado como centro unos balones, mientras el Gobierno ha anunciado simultáneamente medidas de atención sanitaria, alimentación, reconstrucción y respuesta a la emergencia. Entonces preguntamos: ¿Por qué no podemos aceptar que una cosa no excluye la otra?
Un balón no reemplaza una vivienda, un juguete no reemplaza un medicamento, un partido de fútbol no reemplaza la reconstrucción de una escuela; pero tampoco podemos pretender que un niño damnificado deje de ser niño porque Colombia está atravesando una emergencia.
Según la explicación que circula desde sectores cercanos al oficialismo, los balones correspondían a un inventario que había quedado de la campaña presidencial y se decidió llevarlos a Buenaventura para ponerlos en manos de los niños afectados.
Ese punto debería aclararse documentalmente, porque cuando existen elementos de propaganda política en una ayuda humanitaria, la transparencia es indispensable.
Pero si efectivamente se trataba de elementos ya existentes, disponibles y que podían ser utilizados para llevar un momento de alegría a los niños, también deberíamos preguntarnos:
¿Era preferible que permanecieran en una bodega mientras cientos de niños necesitaban espacios de recreación? La respuesta parece evidente.
Lo verdaderamente importante es que esos elementos lleguen a quienes los necesitan y que su utilización no signifique quitar recursos destinados a alimentación, salud, vivienda, agua o reconstrucción, porque ahí sí estaría el límite que todos debemos exigir.
Hay algo todavía más profundo, cuando una persona tiene hambre, no pregunta por quién votó quien le entrega un plato de comida, cuando una familia pierde su casa, no pregunta si el cemento viene de la izquierda o de la derecha.
Cuando un niño recibe un balón, probablemente tampoco está pensando en el partido político que aparece impreso en él; y quizá, por unos minutos, en volver a sentirse niño.
Eso no significa que debamos cerrar los ojos frente a posibles errores del Gobierno. Todo lo contrario.
La prensa independiente tiene la obligación de preguntar, investigar, verificar, denunciar cuando corresponda y exigir transparencia, pero una cosa es ejercer control ciudadano y otra muy diferente convertir cada acción humanitaria en un campo de batalla electoral.
Colombia necesita oposición, necesita crítica, necesita periodistas incómodos y necesita ciudadanos que cuestionen al poder, lo que no necesita es una oposición que termine creyendo que todo lo que hace el Gobierno está mal simplemente porque lo hace el Gobierno.
Porque entonces la crítica deja de ser control político y se convierte en fanatismo, y eso también es peligroso.
Hoy no debería importar quién entrega la ayuda
Si un empresario dona mercados, bienvenido; si una iglesia lleva alimentos, bienvenida. Si una fundación entrega medicamentos, bienvenida. Si un ciudadano compra un paquete de pañales, bienvenido. Si una organización internacional envía ayuda, bienvenida. Si el Gobierno Nacional entrega asistencia, bienvenida.
Y si un partido político tiene recursos legítimos que puede convertir en ayuda para una comunidad afectada, también debería ser bienvenida, siempre que exista transparencia, que no se utilicen recursos públicos de manera irregular y que no se condicione la ayuda a la adhesión política.
En una tragedia no debería importar si la mano que ayuda es roja, azul, verde, amarilla, naranja, blanca o de cualquier otro color, lo que importa es que esa mano esté extendida.
También debemos decirlo con claridad: la emergencia no puede convertirse en una licencia para que ningún Gobierno haga propaganda política con recursos públicos.
Si hubo utilización indebida de recursos estatales, debe investigarse, si hubo publicidad política ilegal, debe establecerse, si hubo aprovechamiento electoral de la tragedia, debe denunciarse.
Pero si se trata de elementos que ya existían, que no significaron un gasto adicional de los recursos destinados a la emergencia y que fueron utilizados para llevar recreación a niños afectados, entonces debemos tener la capacidad de separar la crítica política de la solidaridad.
Eso también es responsabilidad periodística, la verdad no puede ser reemplazada por memes, la investigación no puede ser sustituida por insultos; y la tragedia no puede convertirse en combustible para una guerra partidista.
El terremoto dejó al descubierto muchas de nuestras fragilidades, pero también algo extraordinario: la capacidad de los colombianos para ayudarse entre sí.
Ciudadanos, empresarios, organizaciones sociales, voluntarios, profesionales de la salud, iglesias y comunidades enteras han salido a ayudar. La solidaridad ha cruzado fronteras y miles de colombianos en el exterior también se han movilizado para enviar alimentos, medicamentos y otros insumos.
Ese debería ser el ejemplo,no necesitamos preguntarnos primero quién tiene la razón política, necesitamos preguntarnos quién necesita nuestra ayuda.
Porque mientras unos discuten en X, Facebook, Instagram y TikTok si un balón tiene un logo de partido, hay familias que todavía están buscando a sus seres queridos, personas que necesitan atención médica y comunidades enteras que necesitan reconstruir su vida.
La política puede esperar. El dolor no, por eso, desde Corprensa Colombia, defendemos el derecho a criticar, investigar y cuestionar al poder, pero también defendemos algo que parece haberse vuelto revolucionario en tiempos de polarización: reconocer una buena acción cuando ocurre, incluso cuando quien la realiza no piensa como nosotros.
Porque ayudar no debería tener partido, la solidaridad no debería tener ideología; y un niño que acaba de sobrevivir a un terremoto no debería convertirse en protagonista de una guerra política entre adultos.
Que lleguen los alimentos. Que lleguen los médicos. Que lleguen las viviendas. Que lleguen los medicamentos. Que lleguen los psicólogos; y sí, que también lleguen los balones.
Porque después de haberlo perdido casi todo, quizá un niño necesita apenas unos minutos de juego para recordar que todavía hay razones para sonreír.
Y si somos incapaces de entender eso, entonces el problema no está en el balón. El problema está en nosotros.
“Palo porque bogas… Palo porque no bogas”, decía mi abuela.
Pero en una tragedia como esta, Colombia no necesita más palos. Necesita más manos.






Comentarios