top of page

CRÓNICA | TEOTIHUACÁN: CUANDO LA PIEDRA RESPIRA.

  • Foto del escritor: EFRAIN MARINO
    EFRAIN MARINO
  • hace 10 minutos
  • 3 Min. de lectura


Por: Efraín Marino

@efrainmarinojr @corprensacol


Teotihuacán no es solo un destino turístico, es una conversación pendiente entre el pasado y el presente, un territorio donde la piedra no guarda silencio, sino que respira, y a veces, si uno está dispuesto, responde.


Llegué al filo del mediodía, cuando el sol no ilumina: cae, vertical, perpendicular e implacable, como una sentencia de fuego sobre la piedra milenaria. No era la mejor hora, lo sabía, pero hay lugares que no se visitan, se enfrentan. La Pirámide de la Luna se levantaba frente a mí con esa solemnidad antigua que no intimida, pero exige respeto; la del Sol, cerrada al público, permanecía distante, como un gigante que decide cuándo dejarse tocar.



El calor era brutal, la piedra ardía bajo las manos, sin embargo, decidí subir; no fue un ascenso elegante, no voy a presumir un estado físico que no tengo. Fue casi un acto primitivo: pies y manos, cuerpo inclinado, respiración rota, cada escalón era una prueba de resistencia, pero también un diálogo invisible. En cada contacto con la superficie caliente sentía algo más que temperatura: una vibración antigua, una energía que no se ve, pero se reconoce; como si el universo —ese mismo que alguna vez los antiguos pensaron desde aquí— se alineara, lentamente, con mi propio pulso.


A mitad del camino, el aire empezó a faltar; el corazón golpeaba fuerte, como un tambor ritual, abajo, la vida seguía: turistas, vendedores, colores, el murmullo constante de los silbatos que imitaban el rugido de un jaguar, ese sonido que no es sonido, sino memoria ancestral expandiéndose por el aire. Teotihuacán, incluso en su versión contemporánea, no ha dejado de ser un escenario simbólico, un espacio donde lo ritual convive con lo comercial sin pedir permiso.



Minutos antes había comprado un sombrero de explorador, casi por instinto, en uno de esos puestos donde el pasado se vende en forma de artesanía. Me salvó del sol, pero no del cansancio, ni de la revelación, seguí, porque algo empujaba, y no era solo la voluntad. Ese impulso —difícil de explicar— convive hoy con otra realidad: la seguridad reforzada en el sitio, consecuencia de hechos recientes que rompieron la idea de santuario intocable. Días atrás, este mismo lugar fue escenario de un ataque armado protagonizado por un individuo con alteraciones mentales, un episodio que irrumpió con violencia en uno de los espacios más sagrados del continente y obligó a replantear los controles de acceso y la vigilancia en la zona arqueológica.


La cima llegó sin aire, pero con una certeza. Fatigado, sí, vulnerable, humano; y en ese instante —justo cuando el cuerpo se rinde— apareció algo inesperado: una paz profunda, inmensa, casi inexplicable. El paisaje se abrió como un códice antiguo, lleno de líneas invisibles, de geometrías que no solo organizan el espacio, sino el espíritu. No era solo la vista, era la sensación de estar parado en un punto donde, hace siglos, alguien más también miró el horizonte buscando respuestas, y tal vez las encontró.


Allí arriba entendí algo simple: el poder de Teotihuacán no está en sus piedras, sino en lo que despierta en quien se atreve a subirlas, porque no todos llegan, algunos se quedan en “medio del ocre”, y no todos sienten. Pero cuando ocurre… el universo —por un segundo exacto— deja de ser inmenso, y se vuelve íntimo.



En tiempos donde todo parece inmediato, Teotihuacán sigue imponiendo otra lógica: la de la pausa, la del esfuerzo, la del silencio que incomoda, pero transforma. Tal vez por eso sigue vigente, no como ruina, sino como experiencia.

 
 
 

Comentarios


bottom of page