CRÓNICA | EL LEGADO DE UN RITUAL MILENARIO, LLENO DE UNA SABIDURIA CHAMÁNICA.
- EFRAIN MARINO
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Por: Efraín Marino @efrainmarinojr

Ciudad de México tiene una manera particular de recibirte: no te abre la puerta, te envuelve; anoche, en uno de esos espacios interiores donde el concreto convive con lo simbólico —paredes cubiertas por un mural abstracto, mesas discretas al fondo, una escalera que asciende como si llevara a otro plano—, viví algo que estaba en la agenda oficial de la IX Cumbre Internacional de Periodistas CONAPE 2026, y que terminó siendo, quizá, lo más revelador de mi viaje, hasta llegue a pensar que quizás el todopoderoso permitió que viniera desde tan lejos, solo por ese sagrado momento.

Llegué como periodista, salí como testigo. El lugar no era un templo, pero lo parecía; la iluminación tenue caía sobre el piso de piedra, frío, casi ceremonial, allí, en ese punto exacto donde el tiempo parece detenerse sin previo aviso, comenzó todo. Primero fue la disposición del espacio: los instrumentos alineados con una lógica que no era estética sino energética, un tambor amplio y redondo, tensado con cuerdas visibles, ocupaba el centro; a un lado, los palos de agua ancestral —largos, oscuros, con semillas en su interior— reposaban como si esperaran su turno para hablar… y hablaron, pero no con palabras.
El primer golpe del tambor no irrumpió: emergió; grave, profundo, directo al pecho, luego vino otro y otro más; en cuestión de segundos, el ambiente dejó de ser un salón para convertirse en una caja de resonancia. La percusión no solo se escuchaba, se habitaba, era imposible no sincronizar la respiración con ese pulso antiguo, como si el cuerpo recordara algo que la mente había olvidado.

Las semillas dentro de los palos de agua comenzaron a deslizarse con un sonido que evocaba lluvia, no una lluvia cualquiera, sino esa que anuncia renovación, ese susurro constante acompañaba al tambor como una segunda voz: más suave, pero igual de persistente. Juntos, construían una atmósfera que no necesitaba explicación, en ese punto, el tiempo dejó de ser lineal, se volvió circular, en una espiral ascendente…

La chamana “Anna de la Tierra”, apareció en escena sin teatralidad, no hubo anuncio ni presentación, su presencia se imponía desde la calma, su penacho indígena norteamericano, se mezclaba con la percusión azteca y sus labios invocaban a San Miguel Arcangel y manifestaban la luz, las plumas, los textiles, los collares: cada elemento parecía tener una historia propia, pero ninguno buscaba protagonismo, era en si misma era una mezcla de muchas culturas y sabiduría chamánica, sostenía el ritual desde un lugar que no se aprende en libros.
El fuego, encendido en un sahumerio estilo copa, comenzó a liberar el humo sagrado, no era una columna densa ni agresiva, era un humo que se movía con intención, que dibujaba figuras en el aire antes de disolverse lentamente.
El aroma —mezcla de hierbas, resinas y algo más difícil de nombrar— llenó el espacio sin invadirlo. Pasó por el rostro, se detuvo en las manos, entró en la respiración, y ahí, algo cambió. No fue inmediato ni estruendoso, fue sutil, como cuando uno deja de cargar algo sin darse cuenta; el humo no solo purificaba el ambiente: parecía ordenar lo interno, pensamientos, tensiones, incluso silencios.

Mientras tanto, el tambor no cesaba, más firme, más constante, más dentro, el hombre que lo ejecutaba no marcaba un ritmo: sostenía un latido, cada golpe tenía una intención clara, casi quirúrgica, no había improvisación, había memoria, y en esa memoria sonora, todos estábamos incluidos.
En un momento, la chamana tomó uno de los palos de agua, lo inclinó lentamente, las semillas descendieron en cascada, produciendo ese sonido hipnótico que recuerda a la lluvia cayendo sobre la tierra seca; fue un instante preciso, medido, casi coreográfico, el sonido llenó cada rincón del espacio y, por unos segundos, el tambor cedió el protagonismo.
Luego regresó, siempre regresa, el ritual avanzó sin prisa, nadie miraba el reloj, nadie parecía necesitar hacerlo; afuera, la ciudad seguía con su ritmo habitual, adentro, el tiempo tenía otra lógica, hasta que llegó el cierre.

Uno a uno, los asistentes nos acercamos, la chamana, con una serenidad que no buscaba convencer a nadie, entregó una piedra a cada persona, pequeña, pulida, distinta en forma y color, cuando llegó a mis manos, sentí su peso real, pero también otro tipo de densidad: la simbólica, no era un souvenir, era un cierre, o quizá, un inicio; la sostuve unos segundos más de lo necesario, fría, sí, pero extrañamente presente, como si concentrara en su silencio todo lo que acabábamos de vivir: el tambor, la lluvia de semillas, el humo que aún parecía flotar en la memoria del aire.

Salí del lugar con una sensación difícil de traducir en términos periodísticos, no había datos, cifras ni declaraciones, pero había experiencia, y a veces, eso basta. Esa noche dormí distinto, sin interrupciones, sin ruido; tuve un sueño bonito, de esos que no necesitan explicación porque se sienten completos. Al despertar, ya en la mañana de una ciudad que volvía a ser la de siempre, algo permanecía intacto: una sensación de bienestar sereno, profundo, casi inexplicable, de que algo bueno está por suceder, como si, en medio de la cobertura de una cumbre internacional, hubiera encontrado —sin buscarlo— una forma distinta de sentirse bien, una que no se mide, pero se queda.






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