AMIN CRUZ, UN AMIGO QUE SE LEE COMO UN BUEN LIBRO
- EFRAIN MARINO
- hace 18 horas
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Por: Efraín Marino. Presidente de Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol
Hay personas que llegan a nuestra vida para ocupar un espacio en la agenda, otras llegan para quedarse en la memoria, Amín Cruz pertenece a esa segunda estirpe de hombres, la de aquellos que convierten la amistad en un acto de lealtad y el periodismo en una forma de servir a la humanidad.
Conocí a Amín hace cinco años, en Nueva York, esa ciudad donde el mundo entero parece caber en una misma avenida, allí, entre conversaciones sobre libros, periódicos, sueños y utopías, descubrí a un hombre que jamás ha dejado de creer en el poder de la palabra. Desde aquel primer encuentro nació una admiración mutua y un cariño que, como dice el Evangelio de Lucas, ha crecido "en gracia y sabiduría para con Dios y los hombres". Hay amistades que necesitan décadas para consolidarse, la nuestra encontró desde el principio el lenguaje de la confianza.
Amín, dominicano de nacimiento, es desde hace muchos años un ciudadano del mundo, ha recorrido continentes llevando una sola bandera: la del periodismo libre, ético y responsable; no exagero cuando afirmo que es uno de los grandes referentes del periodismo latinoamericano y el alma del Congreso Hispanoamericano de Prensa, una institución que durante veintiocho años ha defendido la libertad de expresión como un derecho de los pueblos y no como un privilegio de los periodistas. Allí la ética siempre ha estado por encima de cualquier postura ideológica, porque la verdad no puede tener partido político cuando se ejerce con honestidad.
Tuve el privilegio de trabajar a su lado en el periódico Quinto Poder. Allí entendí que el verdadero periodismo no nace detrás de un escritorio, nace en las calles, escuchando a la gente, caminando los barrios, oliendo la realidad, enfrentando el poder cuando es necesario y llegando hasta los gobiernos con la fuerza de los hechos, ese periodismo fue el que aprendí de primera mano observando a Amín, un maestro que enseña más con el ejemplo que con los discursos.
Fue también él quien me abrió las puertas de las Naciones Unidas. ONU, Gracias a su confianza tuve la oportunidad de presentar allí mi primer libro, un momento que guardaré para siempre como uno de los mayores honores de mi carrera, aquel día tuvo un significado aún más profundo porque el prólogo de esa obra llevaba su firma; fue una forma de adopción periodística; él, escritor de más de 50 libros, decidió humildemente prologar el mío, lleno de errores y lugares comunes, que poco a poco se fueron corrigiendo. Comprendí entonces que la amistad también puede escribirse y que existen prólogos que terminan convirtiéndose en capítulos de la propia vida.
Y, sin embargo, algunos de mis mejores recuerdos con Amín no ocurrieron en auditorios ni en escenarios internacionales, sucedieron cuando terminaban las conferencias y comenzaba la bohemia, bastaba una mesa, un buen ron “Brugal Extra Viejo” en su malla de cuerdas, que siempre me trae desde República Dominicana, un puñado de boleros, alguna balada romántica, declamaciones de poesia y muchas horas para hablar de literatura, de periodismo, de política, de Dios, de la familia y de la vida. En esas madrugadas entendí que los grandes periodistas también saben escuchar en silencio.
Políticamente pensamos distinto, y nunca hemos tenido necesidad de ocultarlo, el conoce mis posiciones, yo conozco las suyas, pero quizás sea precisamente esa diferencia la que ha fortalecido nuestra amistad; porque cuando existe respeto, la discrepancia deja de ser una barrera y se convierte en un puente. Los dos entendimos hace mucho tiempo que las ideas pueden debatirse sin que el afecto se rompa, que la dignidad del otro siempre vale más que cualquier discusión pasajera; y aquí recuerdo la frase "No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo". Aunque popularmente se le atribuye al filósofo “Voltaire” para ilustrar la libertad de expresión, en realidad fue escrita por la autora británica Evelyn Beatrice Hall en 1906.
Cada vez que hablamos por teléfono, antes de despedirse, Amín vuelve a decirme la misma frase, una de esas que terminan quedándose a vivir en el corazón: "Tú eres de los buenos... y yo soy tuyo." No imagina cuánto significado encierran esas pocas palabras, en un oficio donde abundan las vanidades y escasean las lealtades, escuchar esa confesión de un amigo vale mucho más que cualquier reconocimiento público.
Ahora publica "28 Años de Historia del Congreso Hispanoamericano de Prensa (1998-2026)", una obra que trasciende el papel para convertirse en memoria viva del periodismo iberoamericano, no es solamente el recuento de una institución; es el testimonio de miles de periodistas que encontraron en ese Congreso un lugar para aprender, debatir, crecer y defender la libertad de expresión frente a los desafíos de cada época. Es también una reflexión necesaria sobre la inteligencia artificial, la desinformación y la polarización, recordándonos que la ética sigue siendo el único camino capaz de sostener la credibilidad de la prensa.
Todavía tenemos una cita pendiente. Él insiste cada vez que hablamos: "Nos vemos en Santo Domingo... o en Santiago de los Caballeros, donde tú quieras". Yo sonrío porque sé que ese encuentro llegará. Volveremos a sentarnos frente a frente, con un vaso de Brugal sobre la mesa, mientras una poesia acompaña esa tertulia interminable de amistad y cariño del bueno, del que no necesita explicaciones, del que nace en el alma y sigue creciendo con la distancia, con los años y con la gratitud.
Porque algunos libros narran la historia, pero otros ayudan a construirla, y algunos hombres, como Amín Cruz, terminan convirtiéndose en parte de la historia personal de quienes tuvimos el privilegio de caminar un tramo del camino a su lado.





















