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MARINO: LA MUJER QUE CRUZÓ EL OCÉANO PARA QUE YO PUDIERA ESCRIBIR MI NOMBRE.

  • Foto del escritor: EFRAIN MARINO
    EFRAIN MARINO
  • 27 jun
  • 4 min de lectura


Por Efraín César Marino Rincón @efrainmarinojr


4:30 a.m. Le gane al despertador del celular, y decido hacer lo que más me gusta en las mañanas, un café recién molido y escribir… Hoy cumplo un año más de vida; y los cumpleaños tienen una extraña manera de obligarnos a mirar hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo, pensamos en lo que hemos construido, en los sueños que aún nos faltan y, casi sin darnos cuenta, empezamos a preguntarnos quiénes éramos antes de nacer.


Este año decidí hacerme un regalo diferente, no quise comprar un reloj, ni un libro, no quise celebrar con un viaje, etc., quise regalarme una respuesta, y ese regalo también quiero dejárselo a mis hijos.


María Claudia, Joel David, Daniel Andrés, Luna Isabella y Kevin Santiago; Algún día, cuando yo ya no pueda responder sus preguntas, quiero que lean estas líneas y descubran que el apellido que llevan no apareció por casualidad, que antes de nosotros hubo hombres y mujeres que caminaron, trabajaron, lloraron, amaron y resistieron para que un día ellos pudieran escribir seis letras que resumen una historia de más de ciento cincuenta años.


“Marino”. Durante toda mi vida pensé que ese apellido comenzaba con mi padre, después creí que nacía en mi abuelo, Juan Modesto Marino, más tarde descubrí que antes de él existía José Francisco Quintana, y que mi apellido no había llegado por la línea de un hombre, sino por una mujer.


Su nombre era María Erminia Marino. Los documentos que he logrado reunir cuentan que nació el 4 de enero de 1868 en Trivigno, un pequeño pueblo de la región de Basilicata, al sur de Italia, allí también aparecen los nombres de sus padres: Doménico Antonio Di Cicco y María Carmela Marino, años después, María Erminia formó una familia con José Francisco Quintana y de esa unión nació mi abuelo, Juan Modesto Marino, quien conservó el apellido de su madre, ese detalle, tan poco común para la época, hizo que el apellido Marino sobreviviera hasta llegar a mi padre, a mí y, finalmente, a mis hijos.


Eso es lo que dicen los documentos, pero los documentos nunca cuentan toda la historia, no dicen cómo sonaba la voz de María Erminia, no hablan de sus miedos, no registran sus lágrimas, no cuentan qué sintió cuando comprendió que tendría que abandonar la tierra donde había nacido, y es allí donde la historia necesita de la imaginación, no para cambiar los hechos, sino para devolverles el alma.


Me imagino a María Erminia caminando por las estrechas calles de piedra de Trivigno mientras el invierno pintaba de gris las montañas de Basilicata, me imagino el sonido de las campanas llamando a misa y el aroma del pan horneado escapando por las ventanas de las casas, me imagino sus manos aprendiendo desde niña que la vida era trabajo, disciplina y esperanza.


Porque así eran las mujeres italianas de aquella época, no esperaban que el mundo cambiara, lo cambiaban ellas, sostenían la familia cuando escaseaba el pan, guardaban las recetas que habían aprendido de sus madres, enseñaban a rezar, curaban con hierbas, cosían la ropa, educaban a los hijos, y sobre todo, mantenían viva la memoria de quienes ya no estaban.


Ellas eran el verdadero corazón de la casa, los historiadores escriben que durante la segunda mitad del siglo XIX miles de italianos abandonaron el sur de su país empujados por la pobreza, las malas cosechas y la esperanza de encontrar un futuro mejor al otro lado del océano, quizá María Erminia fue una de esas mujeres.


Me imagino la noche anterior a su partida, la veo incapaz de dormir, sale en silencio de la casa, mira por última vez las montañas donde aprendió a caminar, respira profundamente intentando guardar para siempre el olor de la tierra húmeda, sabe que hay despedidas que duran toda la vida.


Me imagino que abrazó a su madre con esa fuerza con la que solo abrazan quienes presienten que no volverán a verse, no hicieron falta muchas palabras, las madres entienden los silencios, y las hijas también, después llegó el puerto… el barco, el océano, ese inmenso mar que separaba dos mundos y unía dos destinos.


Me imagino a María Erminia subiendo la pasarela con una pequeña maleta entre las manos, pero las verdaderas riquezas no viajaban allí, las llevaba escondidas en el alma, llevaba la receta del pan, la costumbre de reunir a la familia alrededor de la mesa, el respeto por los mayores, la fe aprendida de sus padres.


La terquedad de levantarse una vez más cuando la vida parecía cerrarle todas las puertas, llevaba Italia entera dentro de sí, y sin saberlo también llevaba mi historia; porque mientras ella observaba cómo Europa desaparecía lentamente en el horizonte, jamás pudo imaginar que más de un siglo después uno de sus descendientes intentaría reconstruir aquel viaje.


Jamás supo que un periodista colombiano buscaría su nombre entre millones de registros digitales para rescatarla del olvido, jamás imaginó que su apellido sobreviviría a guerras, tempestades, nacimientos, muertes y generaciones enteras, los documentos me dicen que existió; la imaginación me ayuda a conocerla, y entre ambas nace esta historia.


Hoy entiendo que un apellido no pertenece a quien lo lleva, pertenece a quien lo honra. Por eso escribo estas líneas, porque algún día mis hijos también tendrán hijos, y ellos tendrán los suyos. Quizá entonces alguien encuentre este viejo texto en una biblioteca, en un cajón o en una caja olvidada.


Quiero que, al abrirlo, comprendan que antes de ellos existió una mujer llamada María Erminia Marino, que nació en un pequeño pueblo de Italia, que un día desafió al océano; que llegó a Colombia con una maleta llena de recuerdos y un corazón lleno de esperanza, y que, sin proponérselo, cambió para siempre el destino de nuestra familia.


Hoy es mi cumpleaños, pero este no es un regalo para mí, es para ustedes, porque los bienes se heredan, las casas cambian de dueño, el dinero aparece y desaparece, en cambio, las historias solo sobreviven cuando alguien decide contarlas; y desde hoy, hijos míos, la historia de los Marino ya nunca volverá a perderse.


"No heredé una fortuna, heredé una historia; y comprendí que contarla era la mejor manera de agradecerles a quienes, mucho antes de que yo naciera, hicieron posible que hoy pudiera firmar simplemente: Efraín Marino."



 
 
 

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