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EDITORIAL | LAS DOS CARAS DE UNA CAÍDA

  • Foto del escritor: EFRAIN MARINO
    EFRAIN MARINO
  • 4 ene
  • 3 Min. de lectura


Por: Efraín Marino. Presidente de Corprensa Colombia @efrainmarinojr @corprensacol

Las imágenes dieron la vuelta al mundo, venezolanos celebrando en plazas de Madrid, Miami, Bogotá, Santiago, Buenos Aires, etc. Abrazos, banderas, lágrimas, el fin de una dictadura que parecía eterna. Para la diáspora, la noticia fue una descarga emocional largamente contenida: la sensación de que por fin, algo se movía.

Pero hubo una ausencia que lo dijo todo: en Venezuela no hubo celebraciones en las calles, no porque no haya alegría, la hay; profunda, silenciosa. No porque no haya esperanza, la hay; pero cautelosa, porque el miedo sigue ahí.

El poder no se evaporó con la captura del dictador, cambió de forma, pero no de manos; y esa es la verdad incómoda que pocos quieren escuchar. La razón corta, la que nadie quiere oír, es esta:

El poder real todavía lo tiene el chavismo armado, no la oposición civil, y en transiciones duras no se negocia con quien tiene razón moral, sino con quien puede apagar o prender el incendio. Por eso, mientras el mundo celebra, Venezuela espera.

Se ha dicho que la incursión militar, no fue un ataque al país, sino una acción focalizada contra Nicolás Maduro y su esposa; quien, según versiones diplomáticas, tuvo múltiples oportunidades de una salida negociada y las rechazó. La operación evitó, en gran medida, un daño masivo a civiles. Eso explica parte del alivio popular. Porque aquí aparece la segunda cara de la noticia.

En medio de este reordenamiento, Donald Trump afirmó públicamente que Estados Unidos se hará cargo de Venezuela durante el proceso de transición, priorizando la explotación petrolera, descartando nuevos ataques por ahora, pero advirtiendo que están listos para escalar la ofensiva si lo consideran necesario, eso ya no suena a liberación, suena a control. Y es ahí donde la lógica deja de ser épica y se vuelve fría.

Muchos se preguntan por qué Delcy Rodríguez, la vicepresidenta que puso Trump, aparece sentada en la mesa de negociación, mientras María Corina Machado no. La respuesta no es ideológica, es estratégica. Delcy representa lo que hoy se necesita para evitar el colapso inmediato: continuidad administrativa (ministerios, PDVSA, puertos, bancos), un canal con el poder duro (militares, inteligencia, colectivos), y la capacidad de entregar algo concreto: información, órdenes, desmovilización, no es simpatía, es utilidad.

María Corina, en cambio, tiene legitimidad, respaldo popular, votos. Pero no controla armas, territorio ni logística, ni puede garantizar que mañana no estalle la violencia; y en esta fase, eso pesa más que la razón moral.

Edmundo González ocupa otro lugar: símbolo electoral, figura de consenso civil, pero no operador de poder, sirve para después, no ahora donde hay que apagar el incendio. La transición —si realmente avanza— sigue una lógica conocida, aunque duela aceptarla:

Primero, control del caos: se habla con quienes pueden desatar o frenar la violencia; luego, reacomodo del poder: entran civiles y técnicos. Al final, legitimación: elecciones, liderazgos democráticos, representación, el error emocional es creer que al caer Maduro “ahora mandan los buenos”.

No. Primero mandan los que evitan que el país se queme, después, los que pueden gobernar, y al final, los que pueden representar.

Esto no significa que María Corina esté fuera; significa que no es la carta de esta jugada, sino de la siguiente, sacarla del tablero sería alarmante. No incluirla ahora es parte “cruda” de la secuencia. Por eso el pueblo venezolano celebra lejos, pero calla en casa, porque sabe que el régimen cayó, pero el sistema aún respira.

Y mientras se habla de petróleo, de control transitorio y de ofensivas listas, queda una pregunta que no admite evasivas:

¿Qué pasará con Diosdado Cabello, Vladimir Padrino, Delcy Rodríguez y los hermanos Rodríguez, actores centrales de la crisis humanitaria?

¿Y qué lugar ocuparán Edmundo González y María Corina Machado cuando llegue el momento de devolverle la voz al país?


La historia, como siempre, no empieza donde uno quiere, empieza donde puede.

 
 
 

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