top of page

EDITORIAL | EL FIN DE LOS DEBATES.

  • Foto del escritor: EFRAIN MARINO
    EFRAIN MARINO
  • 26 may
  • 4 min de lectura

Por: Efraín Marino Rincón / Presidente Corprensa Colombia @corprensacol @efrainmarinojr

En Colombia algo está cambiando en la política, y no necesariamente para bien, poco a poco los debates presidenciales, esos escenarios donde históricamente los candidatos se enfrentaban con ideas, argumentos y propuestas, comienzan a desaparecer entre estrategias de campaña cuidadosamente calculados, hoy muchos de los aspirantes que lideran las encuestas prefieren el silencio controlado de las redes sociales antes que el riesgo de sentarse frente a periodistas, contradictores y ciudadanos.

Ya no se ven aquellos encuentros intensos donde el candidato debía improvisar, responder preguntas incómodas o demostrar que realmente conocía el país que pretendía gobernar, ahora abundan los videos editados con inteligencia artificial ( que envían un mensaje errado y lejos de la realidad) , las frases preparadas, las transmisiones perfectamente producidas y las publicaciones diseñadas con algoritmos para generar tendencias, likes y aplausos rápidos, pero muy pocas veces reflexión.

Y aunque resulta válido que cada campaña diseñe su propia estrategia electoral, también es inevitable preguntarse qué pierde la democracia cuando quienes buscan llegar a la Casa de Nariño deciden evitar el debate público, porque gobernar un país no puede reducirse únicamente a administrar una buena imagen o proteger una ventaja en las encuestas.

Colombia necesita escuchar propuestas completas, respuestas espontáneas, ideas aterrizadas a la realidad de millones de ciudadanos que todos los días enfrentan inseguridad, desempleo, crisis económica, problemas en la salud y un profundo cansancio frente a la política tradicional, un debate no es solamente un espectáculo televisivo, es la oportunidad de medir el carácter, la preparación y la capacidad de liderazgo de quienes aspiran a dirigir el destino de una nación profundamente golpeada y polarizada.

Porque en un debate no basta con repetir slogans, allí se cae el libreto, allí aparecen las dudas, las contradicciones y también las capacidades reales de un candidato, precisamente por eso hoy muchos prefieren evitarlos, porque cualquier error puede costar titulares, críticas o algunos puntos porcentuales en intención de voto.

Sin embargo, lo verdaderamente preocupante es que en ese cálculo político termina quedando abandonado el ciudadano indeciso y también el enorme caudal electoral de colombianos que hace años dejó de creer en las urnas, ese que siempre gana en los porcentajes electorales, el abstenciónista, el ciudadano que todavía espera escuchar algo distinto, una propuesta seria, una visión de país capaz de devolverle la confianza en la democracia.

Los debates servían precisamente para eso, para conquistar a quien aún dudaba, para convencer con argumentos y no solamente con propaganda, para acercarse a quienes no militan en fanatismos políticos y todavía esperan razones antes de entregar su voto.

Pero hay otro silencio igual de preocupante y del que poco se habla, el desprecio silencioso, el estigma y la marginalidad que muchos candidatos presidenciales muestran hacia los medios comunitarios, locales, alternativos e independientes, pareciera que hoy solamente importa aparecer en grandes cadenas, plataformas gigantes o espacios que garanticen millones de reproducciones, mientras las emisoras barriales, los periódicos regionales y los medios independientes quedan relegados como si no tuvieran importancia en el debate nacional.

Y ahí es donde muchos políticos se equivocan, porque Colombia no solamente está en los grandes estudios de televisión de Bogotá, Colombia también vive en el barrio popular, en la tienda de esquina, en el pueblo olvidado, en la vereda donde todavía la gente escucha la radio comunitaria mientras trabaja, donde leen el periódico local porque conocen al periodista que lo escribe, lo saludan con respeto y lo llaman por su nombre; donde todavía existe algo que las redes sociales no han podido reemplazar, la credibilidad construida cara a cara.

Los medios comunitarios llegamos donde muchas campañas apenas aparecen en época electoral, conocemos las problemáticas reales de las regiones, escuchamos a la gente sin filtros y narramos historias que rara vez tienen espacio en los grandes medios nacionales, donde la muerte de la señora que vende desde hace décadas en la plaza del pueblo en más noticia, que la muerte de “Totó La Momposina”; por eso resulta tan contradictorio que algunos candidatos menosprecien estos escenarios solamente porque no producen cifras gigantes de audiencia.

La historia electoral de Colombia demuestra que las elecciones no se ganan únicamente en las capitales ni en las tendencias digitales, las regiones han definido gobiernos, alcaldías, gobernaciones y presidencias, el voto comunitario, silencioso pero constante, ha sido decisivo muchas veces, porque en los territorios todavía pesa la conversación cercana, el voz a voz y la opinión de quienes durante años han acompañado a sus comunidades desde un micrófono humilde o desde una pequeña sala de redacción.

Quizás por eso preocupa tanto este nuevo modelo político donde algunos candidatos parecen hablarle más a los algoritmos que a las personas, más a las estadísticas que a las regiones, más a la estrategia digital que a la conversación democrática.


Y al final todo termina resumiéndose en una frase dolorosamente simple, antes los debates se hacían para ganar votos, hoy muchos no se hacen por miedo a perderlos, antes los candidatos buscaban convencer al indeciso, enamorar políticamente al abstencionista y conquistar la opinión pública con ideas, hoy pareciera más rentable esconderse detrás de una encuesta favorable y evitar cualquier escenario que pueda poner en riesgo una cifra cómoda; pero una democracia donde los candidatos le temen al debate termina siendo una democracia donde la política deja de persuadir y comienza simplemente a administrar el miedo.

 
 
 

Comentarios


bottom of page