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CRÓNICA | LA BASÍLICA DE GUADALUPE: DONDE LA FE CAMINA DE RODILLAS

  • Foto del escritor: EFRAIN MARINO
    EFRAIN MARINO
  • 10 may
  • 3 min de lectura

Por: Efraín Marino @efrainmarinojr @corprensacol



Comencé a escribir esta historia el 1 de mayo y sólo hasta hoy senti que debía mostrarla al mundo; Hoy día de la madre, quiero publicar esta crónica, para homenajear a la madre de Dios y madre de millones de creyentes, lo hago respetando los credos y religiones, no soy católico, tampoco adoro a las imágenes, pero es imposible negar el poder de la fe, sobre todo en este lugar.

Hay lugares donde el tiempo no avanza… se arrodilla. El primero de mayo llegué a la Basílica de Guadalupe no como turista, sino como testigo, afuera, la ciudad seguía latiendo con su ruido habitual, pero adentro… todo parecía responder a otra lógica, a otro ritmo, a otra necesidad más profunda.

Asistí a la misa en favor de la IX Cumbre Internacional de Periodistas CONAPE 2026, y entre colegas, cámaras y libretas, ocurrió algo inesperado: la noticia dejó de ser externa… y se volvió íntima, porque lo que se vive allí no se cubre, se atraviesa.

Desde lejos, la estructura moderna de la basílica parece apenas un gesto arquitectónico, pero basta cruzar sus puertas para entender que no es concreto lo que sostiene ese lugar, sino siglos de fe acumulada, el aire cambia, huele a cera derretida, a flores ofrecidas con devoción, a plegarias que se han quedado flotando como ecos persistentes.

Y entonces aparece la escena: hombres orando de rodillas, mujeres abrazando veladoras como si fueran extensiones de su esperanza, rostros cansados pero firmes, niños que miran en silencio, como si intuyeran que están frente a algo que no necesita explicación; no es teatro, no es tradición vacía, es la fe en su estado más crudo, más humano y en su máxima expresión; ahí, en medio de todo, comprendí lo que pocas veces se puede narrar con precisión: la fe no es un discurso… es una acción.

Durante la eucaristía, mientras se elevaban las oraciones por los periodistas reunidos en esta cumbre internacional, el contraste era inevitable, afuera, el mundo exige inmediatez, datos, certezas; adentro, la gente entrega lo único que realmente posee: su vulnerabilidad, y en ese cruce —entre oficio y espíritu— ocurre algo poderoso: uno deja de observar… y empieza a sentir.

En el corazón del templo, como suspendida entre historia y misterio, permanece la imagen de la Virgen de Guadalupe. No como un objeto de contemplación pasiva, sino como un símbolo vivo de identidad, resistencia y consuelo, desde aquel relato en el cerro del Tepeyac, cuando —según la tradición— se apareció a Juan Diego, este lugar dejó de ser un punto en el mapa para convertirse en destino, y el destino, aquí, se camina… incluso de rodillas.

La banda sonora es fragmentada pero armónica: rezos en susurros, cantos espontáneos, lágrimas que rompen el silencio, nadie dirige, pero todo encaja, todo fluye; como si la fe tuviera su propio lenguaje, uno que no necesita traducción.

Hay algo profundamente nuestro en todo esto: la mezcla de dolor y esperanza, de heridas históricas y consuelo espiritual. La Basílica no es ajena a la realidad del país que la rodea; la abraza, la recoge, la transforma en plegaria, y fue ahí, entre esa multitud que no se conoce pero se entiende, donde pude ver de primera mano la fe en acción; no como concepto, no como doctrina… sino como fuerza que sostiene, que empuja, que levanta.


Cuando salí, la ciudad seguía igual, el tráfico, el ruido, la prisa, pero algo había cambiado, porque hay experiencias que no se registran en la libreta… se quedan latiendo en el alma.

 
 
 

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